RESEÑA: Mr. Mercedes – David E. Kelley, 2017


Mr. Mercedes es un thriller atípico. Se sostiene en elementos esenciales del relato policiaco convencional, pero decide prestar más atención a la compleja naturaleza de sus personajes, relegando la resolución del enigma a una segunda posición. Para los amantes del detectivesco convencional puede resultar chocante su ritmo y desarrollo, pero es claro que el objetivo de esta serie es más trascendental al presentarnos personajes complejos, al borde y totalmente opuestos para enfrentarlos y ver qué sucede, algo que ha hecho de Stephen King un maestro de la narración. Por un lado tenemos al policía jubilado Bill Hodges, sumido en la depresión y el desencanto, accediendo a un preocupante alcoholismo. Por el otro lado, al asesino que nunca pudo atrapar, Brady Hartsfield, un geek informático que vive con su madre, acosado por sus jefes, por sus traumas de la niñez y por los incómodos episodios sexuales con su madre. Años después de que Brady matara a cientos de personas con su Mercedes, decide contactar a Hodges para llevarlo al abismo de la culpa y la muerte. Sin embargo, el detective acepta el desafío de este criminal y comienza un juego de persecución en el que el policía está en desventaja, pues desconoce el entorno informático en el que Brady opera. Hodges, entonces, se ve obligado a buscar ayuda en la gente que lo rodea, lo que acarrea graves consecuencias.


Esta serie, creada por el talentoso David E. Kelley (Ally McBeal, Big Little Lies), y respaldada con otro genio del policiaco y el suspenso como lo es  Dennis Lehane (Mystic River, Sutter Island), quien aquí funge como consultor y ocasional guionista, es el reflejo de una nación que está siendo acorralada por sus propios demonios. Brendan Gleeson encarna a un entrañable y huraño detective al que todo el mundo le ha dado la espalda. Su jubilación le ha arrebatado el sentido de la vida. Y Harry Treadaway nos ofrece a un interesantísimo criminal, obsesionado por ganarse la fama y la inmortalidad a costa de la muerte despiadada, que se debate entre víctima y victimario, oprimido por una sociedad que no ha sabido comprenderlo y que, quizás, lo ha empujado a sus conductas, algo para nada extraño en el país del norte. Junto con un elenco destacable, Mr. Mercedes y su sencillez aparece en escena de manera oportuna. La alienación de las grandes naciones, esas del primer mundo que por años parecieron paraísos, ahora se ven manchadas con la muerte que acecha en cada esquina. Este año hemos presenciado asesinatos en masa de toda índole, que te hacen preguntar si, estando en tales lugares, tienes alguna garantía de regresar sano y salvo a casa. Algún tipo loco puede venir manejando un auto o un furgón y atropellar a cientos de peatones, o en un evento masivo alguien puede sacar su rifle y disparar a mansalva. No hay garantías. El horror nunca fue tan inmediato. Y como si de una terrible casualidad se tratara, Stephen King imagina esta historia, cuya premisa se ve replicada pocos meses después al otro lado del océano, trayendo a la memoria lo que sucedió con Rabia y aquella masacre estudiantil.

—Mauro Vargas


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