Los cuervos del maizal


En la época de oro de la literatura de terror, la competencia entre escritores iba más allá de los egos. Algunos escribían por convicción, otros por dinero. ¿Quiénes merecen ser llamados escritores de terror y quiénes impostores?

Por Mauro Vargas.

Parece que encontrar el campo ya cosechado y solo dedicarse a recoger sus frutos, como los cuervos, es algo reprochable para quienes han tenido que estar, desde el comienzo, sembrando la semilla. Como cuando llegan en negras bandadas a alimentarse y son recibidos con una escopeta en posición que no dispara balas sino críticas o, peor aún, rechazo absoluto. ¿Qué es lo que se cosecha en ese campo? Libros, si decidimos aceptar eso de «campo literario» para lo que nos vamos a referir ahora. La literatura está llena de esos campos; este en particular es uno sobre el que nunca se posa el sol, gobernado por las tinieblas. Es el campo de la literatura de terror. Y para delimitar más, el que está en territorio norteamericano. Es allá donde se ha hecho famosa la escena que describí al comienzo: el sujeto que cuida su maizal, sentado en el porche de su casa de madera, con la escopeta siempre lista para disparar a los intrusos. Y es allá también, el lugar donde se ha declarado una especie de guerra intelectual entre dos bandos: los que cosechan y los que llegan para aprovechar la cosecha.

No se trata del tipo de discusión sobre el escritor que nace y el escritor que se hace; mi intención es evadirla a toda costa, pues no deseo caer en el tedio que produce una discusión que, ni tiene fin ni mucho menos interés.

En el ensayo de Stephen King, Danza macabra, hay un pasaje donde dice que, mientras algunos autores dedicados al género como Richard Matheson o Ray Bradbury merecen toda la atención, es decisión nuestra querer perder el tiempo con otros que no son tan buenos, como Frank de Fellita y John Saul. Y en otra conferencia a mediados de los años ochenta, donde se reunieron varios exponentes de la literatura de terror norteamericana, Stephen King reincidió en su afirmación sobre John Saul e involucró, esta vez, a V.C. Andrews, la autora de Flores en el ático. ¿Qué hace a estos dos autores, en especial John Saul, de por sí exitosos, merecedores de tal afirmación?

Solo he perdido mi tiempo con John Saul. Gusta mucho de escribir historias en las que los personajes siempre son niños, un arquetipo bastante macabro para trabajar. Su primera novela, Dejad a los niños, es bastante buena, y cuando se publicó fue aceptada masivamente. Sus obras posteriores se sostienen en calidad y argumento, y podemos percibir que el autor maneja un esquema sobre el que se cimentan cada una de sus novelas. Parece ser que esta característica esquemática es el motivo principal de ese rechazo particular que se presenta en el campo literario en cuestión, pero sospecho de que se trata de otra cosa, un poco más pasional. Todos los autores, de toda la literatura, tienen un esquema definido. Todos trabajan con elementos recurrentes, todos tienen un discurso particular. Allí no hay nada reprochable. El problema se encamina por otro lado.

Stephen King es de esos autores que, según afirman, encontraron la vocación literaria desde muy pequeños. Sus historias personales están llenas de situaciones coincidenciales que parecen dar a entender que estaban destinados a convertirse en lo que son ahora. La pasión siempre se percibe cuando uno se entera de cómo descubrieron su amor por la literatura y cuándo decidieron escribir y dedicarse de lleno a ella. Casi todos coinciden en que leyeron a Poe a sus seis o siete años, y que Lovecraft, el sombrío escritor de Providence, fue una revelación espectacular. Se deja entrever que el éxito que ellos han cosechado ha dependido de su oficio, de un trabajo arduo y de una pasión desenfrenada que viene de muchos años atrás. Eso parece otorgarles una autoridad que se origina en la experiencia, en la literatura como estilo de vida y no como simple trabajo. Allí están atrincherados ese tipo de autores. Son los que están en el porche, cuidando el maizal que con tanto empeño han levantado.

Los que vienen a llevarse el grano son los del otro bando, autores como John Saul. Si revisamos la trayectoria hasta su primera publicación, no hay nada de pasional en él. No profesa devoción ni mucho menos ha sido elegido por el destino. Cuando trabajó en una empresa de renta de autos gustaba de escribir historias que mezclaban la comedia con el crimen. Luego fue contratado como asistente o, si lo prefieren, secretario, en otra empresa por su agilidad para escribir a máquina. Se consiguió una agente literaria que se interesó en dichas historias, aunque intentar venderlas a una editorial se volvió imposible. No existía público para el tipo de historias que él escribía y publicarlas iba a ser muy difícil. Entonces John Saul fue a un supermercado y recorrió los anaqueles de la sección de libros para averiguar qué era lo que más se estaba vendiendo. Descubrió que todo el lugar estaba inundado de novelas de terror en baratas ediciones de bolsillo y supo por dónde era el camino a la olla de oro. Un editor reconoció su talento y lo invitó a pensar en una idea vendible. Hizo un esbozo rápidamente y luego el editor lo invitó a desarrollarla y convertirla en una novela exitosa. Así nació Dejad a los niños. Lo hizo en apenas treinta días gracias, en buena medida, a su habilidad con la máquina de escribir; sus manos eran verdaderas máquinas de tipeo. Fue muy exitoso desde el inicio y nunca dejó de serlo. Se llevó todo el maíz sin que nadie pudiera impedirlo.

El hecho de encontrar la fórmula perfecta parece molestar a quienes pasaron años y años desarrollándola, en especial porque la crítica los pone a todos juntos en el mismo anaquel. La novela, como obra de arte terminada, parece no poder desligarse de su estado previo de gestación y, por lo tanto, es condenada a la hoguera. ¿No es eso algo injusto? La novela, como historia, es un universo en sí mismo y debe ser valorada como tal; debe ser juzgada desde sus propias leyes, dejando que se valga por sí misma, sin no, el proceso creativo del autor estaría siendo trivializado, independientemente de que se trate de seguir una estructura definida o de escribir a ciegas, dejándose guiar solamente por la pasión hacia lo que se hace, pues más que un asunto de musas e inspiración, escribir es una labor de carpintería. Más que considerar ignominioso el «injustificado» éxito de algún autor, es vergonzoso hacer la crítica desde los aspectos colaterales de la misma obra de arte, como su proceso de creación o el porqué del autor para escribirla. La literatura es lo que el autor decide mostrar como obra final. «El cuervo», de Edgar Allan Poe, probablemente seguiría siendo uno de los grandes poemas de la literatura universal sin el «Método de la composición» que, más que dictar algún tipo de ley para la poesía, sirvió, como dice T.S. Eliot, para que Poe se explicase a sí mismo lo que había escrito. Sucede lo mismo con la  publicación póstuma de la correspondencia privada de un autor, un crimen para con su obra. La obra literaria es lo que el autor escribió para ser publicada como obra literaria: sus novelas, sus cuentos, sus ensayos, no las cartas que enviaba a su familia o amigos. Aunque en muchos casos han resultado un complemento para estudiar y comprender la obra, también son el camino fácil para lograrlo; una trampa, un truco en detrimento de los deseos originales del autor.

Por eso perdí mi tiempo con John Saul, y tengo pensado perderlo con Frank de Fellita y V.C Andrews y su famosa novela, pues es justo y sensato valorar sus obras como obras mismas, ya que poseen los elementos necesarios para que se ganen el reconocimiento o el rechazo de los lectores. Si estos escritores lograron, con tanta rapidez, llegar al maíz y pudieron esquivar las balas escupidas por las escopetas, es porque tienen una habilidad peculiar que merece, de alguna manera, ser reconocida. A fin de cuentas, los cuervos siempre logran salirse con la suya. Lo bueno es que nunca se llevan todo el maíz, con lo que podemos decir que existe la manera de compartir la cosecha.

Léase a plena noche

Aquí yacen aquellas historias en las que habita la oscuridad y que solo deben ser conocidas aplena noche .

2 comentarios:

  1. Clap clap clap!!!

    Tremendo análisis, Mauro!!! Me dejaste sin palabras. No he leído nada de esos otros autores, tampoco de John Saul, pero la manera en que desgranas el tema es para aplaudir. Tal vez algún día haga lo que decís y "pierda el tiempo" leyendo al menos una obra autoría de los cuervos mencionados.

    Saludos!!

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