sábado, 11 de febrero de 2017

RESEÑA: The Autopsy of Jane Doe (2016) André Øvredal



La cantidad de comentarios positivos hacia The Autopsy of Jane Doe no tiene nombre. Han dicho de ella que es de lo mejor que se ha filmado en el género en los últimos años, que recuerda al cine clásico de los setentas y ochentas, que no se anda con rodeos y que se concentra en el objetivo primordial que es asustar. Hasta Stephen King la elogió.

La película se sostiene, es cierto, y frente al panorama actual, destaca. Además, promete que será algo fresco, inusual, inesperado y creativo, como casi todo el catálogo de terror de IFC Films.

Tommy y Austin Tilden, padre e hijo respectivamente, regentan bajo los cimientos de su casa una morgue a la que llegan las víctimas de crímenes que acontecen en la pequeña población. Esa noche, llega al establecimiento el cuerpo de una bella joven que han encontrado enterrada bajo el piso de una una casa en la que ha acontecido un terrible crimen. El cuerpo no tiene señales aparentes de violencia y parece que lleva allí mucho tiempo. Al abrir el cadáver, descubren que sus órganos están seriamente cicatrizados y lastimados. La incompatibilidad del exterior con el interior es asombrosa. Pronto, conforme avanza la autopsia, comienzan a ocurrir cosas extrañas: la luz parpadea, la radio transmite una extraña tonada, una tormenta se desata y Austin y Tommy quedan encerados, a merced de la oscuridad y de los cadáveres que allí reposan. Aquella Jane Doe esconde en su cuerpo un misterio peligroso y sobrenatural.

Sí, se merece comentarios positivos. Es una historia llena de suspenso, difícil de predecir. Se desenvuelve con maestría en un escenario cerrado y pequeño. Los protagonistas están durante hora y media —la película es casi en tiempo real— intentando enfrentar los sucesos paranormales que los arrinconan en la oscuridad y la estrechez de los corredores. Como el buen terror, prefiere sugerir y mostrar lo meramente esencial para activar el miedo en el espectador, a pesar de que la escases de recursos digitales es evidente. Pero no es tan maravillosa y deslúmbrate como parece. El secreto que oculta el cadáver es intrigante, extraño, inquietante hasta que, al final, termina volviéndose facilón y un tanto traído de los cabellos. Aunque la película se sostiene, todo el mérito lo tiene su primera hora, después se vuelve decepcionante. Se alcanzan a adivinar algunas secuencias que suceden en una recta final que carece de emociones fuertes y es, más bien, efectista. Se agradece el final que, al menos, no subestima al espectador.

Recuerda al cine de los años setentas u ochentas en su modestia más que en otra cosa, porque no es tan memorable como otras cintas recientes que han querido revivir los aires terroríficos de aquellas décadas pasadas. No se parece a esas películas que se vuelven clásicos instantáneos y aunque la gente insista en mantenerla viva en la memoria, morirá más rápido que varias de sus contemporáneas. No es de lo mejor que se ha hecho en el género últimamente, pero sí destaca entre la basura que presentan en los cines cada semana. Es una buena película, diferente, refrescante y sencilla, bien contada, con sustos medidos y bien dosificados; hace valer la hora y media de duración. Pero no es más que eso.

Mauro Vargas


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