ALVARO VANEGAS: de diablos, asesinos y zombis


Hablamos con Alvaro Vanegas, un rostro ya concido dentro de la narrativa de terror colombiano. Nos contó sobre sus obras, su método de trabajo y sus opiniones sobre la literatura de terror nacional.

Por Mauro Vargas.

¿Cuándo decidiste ser escritor?

Decidí dejar todo para escribir hace más de 9 años. Trabajaba en Señal Colombia y no tenía tiempo para nada. La escritura me llamaba pero jamás hubiera logrado nada de seguir en por el camino que transitaba en ese momento.

¿Por qué literatura de terror?

Desde siempre he disfrutado la sensación masoquista de asustarme, al principio con el cine. El terror me causa una extraña fascinación, más desde que leí Misery, de Stephen King, el primer libro de este autor que llegó a mis manos.

En un género que ha sido gobernado durante años por ingleses y norteamericanos, ¿qué tan difícil fue concebir la literatura de terror desde lo local?

Desde mi escritura, desde el acto íntimo y en cierto punto egoísta de escribir, no es difícil. Vivimos en un país repleto de seres aterradores. Solo me aseguro siempre de evitar en la medida de lo posible los temas recurrentes en nuestras historias, a saber: narcotráfico, prostitución, guerrilla, etc. Ahora bien, lo complicado en realidad es llegarle al público, que acepten una historia en la que aparece Belcebú, pero no está en Nueva York o Londres, sino en Bogotá. Historias donde nadie se llama Michael, sino Esteban o Felipe. En esa labor de lograr introducirnos en la mente y el gusto de los lectores ha sido primordial la editorial 531. Ha sido ardua, pero satisfactoria. 

¿Qué pasó por tu cabeza al decidir escribir y publicar una novela de un género tan escaso en el país?

Antes de escribir Mal paga elDiablo escribí una serie de cuentos llamada Despertares atroces, y la verdad es que no pensé mucho en las implicaciones de intentar escribir terror en Colombia; solo lo hice porque no me imaginaba otra forma de seguir adelante. Luego entendí que era muy difícil que me publicaran cuentos y me entregué a la aterradora tarea de escribir una primera novela. Mal paga el Diablo, que originalmente se llamaba «Ludópata», era una idea que rondaba mi cabeza desde hace años y bueno, me lancé al abismo con la esperanza de que si escribía una historia que me gustara a mí, sería más probable que le gustara al público. No me equivoqué y gracias a Dios, o de pronto al diablo — ¿cómo saberlo?— se publicó dos años después No todo lo quebrilla es sangre  y vienen más novelas en camino.

¿Tenías antecedentes de la literatura de terror colombiana?

No. Leía y leo mucho terror, pero recién hace un par de años empecé a leer autores colombianos de este género.

Hablemos de tus libros. Mal paga el diablo, No todo lo que brilla es sangre, y el de tu próxima novela, Lo que no te mata*: todos recuerdan a populares refranes. ¿A qué se debe esta coincidencia?

Es una gran pregunta, caí en la cuenta de eso hace poco. La razón no es muy romántica ni brillante: pura casualidad. Encontrar el nombre de un libro es una labor más complicada de lo que uno pueda imaginar. Ya hablé del nombre original de Mal paga el Diablo. Pues les cuento que No todo lo que brilla es sangre se llamaba «Marranos» y Lo que no te mata era «Podridos» hasta hace muy poco.


Mal paga el Diablo aborda un tema clásico de la literatura universal, el pacto con Satanás. ¿Cómo nació la idea? ¿Por qué abordar este tema?

Hace años tuve una novia que durante algún tiempo trabajó como dealer en un casino. Alguna vez me regaló un bono para jugar. A partir de ahí empecé a jugar regularmente y aunque afortunadamente me di cuenta pasados unos meses del error que estaba cometiendo, tuve tiempo suficiente para tener la fantasía que, asumo, todo jugador debe de tener: saber de antemano qué carta viene o qué número caerá. Se me ocurría que, o aprendía a contar cartas o le tendría que vender mi alma al diablo. Así nació Mal paga el Diablo.

Por otro lado, siempre me ha causado curiosidad, por decir lo menos, cómo un ser como el demonio o incluso, por ejemplo, Judas, son condenados como los villanos de una historia en la que el héroe es todopoderoso y podría, si quisiera, eliminarlos con un soplo. Alguna razón habrá para que no lo haga. Judas tenía que vender a Jesús, era su papel en esa historia, y el demonio es una contraparte sin la cual Dios no sería más que una idea unidimensional y sin alcance. En ese orden de ideas, tenía que escribir sobre ese tema, sobre la dualidad y lo atractivo que resulta para todos la idea de hacer el mal. 

La recepción de Mal paga el Diablo ha sido sin precedentes. Agotó su primera edición y se prepara una adaptación al cine. Cuéntanos qué ha sucedido con este libro desde que vio la luz.

No todo es color de rosa. Cuando la editorial 531 la lanzó en FilBo 2012, esperaba vender muchos más ejemplares. El camino para que se agotara la primera edición fue complicado, lleno de decepciones y aprendizajes. Ahora parece que habrá película y la aceptación del público sigue creciendo, a pesar de haber sido publicado hace más de tres años. La verdad es que no creo que sea mi mejor libro, pero claramente, por ahora, es el más importante de mi carrera.

En No todo lo que brilla es sangre, tu segunda novela, te alejas del terror para coquetear con la novela negra. ¿No es demasiado arriesgado abordar otros géneros tan pronto?

Como escritor no pienso en esos detalles, los riesgos y eso de pensar a futuro es para gente seria, para adultos, no para alguien como yo. Si pensara a futuro jamás habría publicado nada. Para eso está la editorial. Ellos, por alguna razón que desconozco, decidieron arriesgarse conmigo.

¿Cómo nació la idea de este libro?

Ese negocio milagroso que es, a fin de cuentas, la matriz del libro, me lo ofrecieron alguna vez en la vida real, al igual que lo de lo marranos. Toda historia ficticia tiene algo de anécdota.

Sergio Valbuena, uno de los protagonistas, es un aspirante a escritor. ¿Hay algo de ti en este personaje?

Sergio empezó siendo yo, no lo voy a negar. Es aspirante a escritor, trabaja en televisión, decide dejar todo y su decisión desemboca en que en algún momento de su vida tenga que vender sus escritos en los buses. Hasta ahí es casi calcado. Incluso tuve una pitbull llamada Mina. Pero a medida que pasaba el tiempo y la historia avanzaba, fue adquiriendo matices que no están en mí y que eran necesarios por dos razones: que la historia avanzara y que yo no quedara tan plasmado en la historia. Por otro lado, cada personaje se lleva algo de su creador y, como dije, toda historia ficticia tiene algo de anecdótico. 



Ritmo trepidante, personajes destinados a sufrir lo peor y violencia son algunos rasgos que se dejan entrever en tu obra. Cuéntanos un poco sobre esta propuesta narrativa.

Eso lo ven ustedes, los lectores, yo me limito a escribir el tipo de historias que me gustaría leer. Las cualidades y defectos que hay en mis escritos están en la percepción de aquellos que se arriesgan a leerme y sumergirse en una historia apasionante o perder la plata que costó el libro. Lo siento, no es mi responsabilidad. Me lavo las manos.

¿Cómo es tu proceso de escritura? ¿Tienes alguna rutina?

Me jacto de ser muy disciplinado. Es raro el día que paso sin escribir algo, lo que sea. Pero no voy a alardear con que tengo una rutina específica o a inventarme detalles interesantes como que escribo solo en las noches porque el silencio y la luz de la luna me ayudan a conectarme con el universo. No, escribo cuando tengo tiempo y ganas. Si no hay tiempo lo busco y si no hay ganas me obligo. La musa me tiene que encontrar trabajando. 

De tus libros, ¿cuál fue el más fácil y el más difícil de escribir?

Esto sonará a frase de cajón, pero ninguno ha sido fácil. Que goce como niño pequeño escribiendo no quiere decir que sea sencillo y que no requiere esfuerzo, sacrificio y disciplina. Ahora bien, sí tengo claro cuál fue el más difícil: Mal paga el diablo. Fue mi primera novela y la escribí casi paralizado por el miedo al fracaso.

Entre el cuento y la novela, ¿cuál prefieres para leer y cuál para escribir?

Me encanta leer novelas. Los cuentos los tomo como una especie de descanso. Al ser más cortos requieren de menos compromiso.

En cuanto a escribir, imaginemos a un jugador de fútbol. Escribir cuentos es como jugar amistosos: haces lo mejor que puedes, lo das todo, pero si sale mal no es tan grave, la gente lo olvidará pronto, así que la presión es poca. Escribir una novela es como un juego de campeonato, no te puedes dar el lujo de cometer muchos errores, es más, la idea es hacer un juego perfecto. En ese orden de ideas, escribir una cosa u otra tiene su magia, aunque es una magia distinta.

¿Temes verte encasillado como escritor de terror?

De hecho me encantaría ser conocido como especialista en terror, aunque eso no quiere decir que no vaya a incursionar en otros géneros. Nunca se sabe, ya escribí una novela negra. Las dos siguientes serán de terror, pero después viene otra cosa.

Tu admiración por la obra de Stephen King es declarada. Al leer la dedicatoria de Mal paga el diablo y tus introducciones en cada libro se evidencia su influencia. ¿Cómo ha sido tu relación con el escritor de Maine?

Sueño con el día en que King tenga uno de mis libros en sus manos. Ya murió Michael Jackson, el único ídolo que me queda es él. Si no fuera por sus libros yo no me habría embarcado en esta vaca loca. Sería contador o trabajaría en un call center. Le debo mucho a King, aunque probablemente él jamás lo sepa, e igual poco le importaría.

Has estado involucrado, además de la escritura de libros, en el cine y teatro. Cuéntanos un poco sobre estos roles.

Hace algunos años escribí varios guiones para cortometrajes, pero solo hasta que me dieron la oportunidad de escribir el guión de Mal paga el diablo. Empecé a conocer a la gente indicada: personas como Alejandro Aguilar o Mateo Stivelberg. Afortunadamente les gustó y les sigue gustando mi trabajo y gracias a ellos he estado incursionando en el teatro. Mi primera obra es Vidas al borde, dirigida por Aguilar; tuvo un preestreno muy exitoso y el 24 de septiembre empieza su temporada regular. Otras dos que escribí para Stivelberg, Sala de espera y Sobre tu tumba, serán estrenadas el próximo año.

Por otro lado hay tres proyectos de películas de terror, pero de eso, por ahora, no puedo hablar.




¿Es posible hablar de una literatura de terror colombiana?

Por supuesto que sí. Somos varios. Desde la exitosa Carolina Andújar hasta Miguel Ángel Manrique y sus crónicas de zombis. Actualmente trabajo junto a Esteban Cruz, (Los monstruos en Colombia sí existen) y Gabriela Arciniegas, (Rojo sombra), con quienes escribimos 13 relatos infernales. Nuestra idea es afianzar el género en este país, y sé que hay varios autores más en la misma búsqueda. Tal vez deberíamos unirnos, pero los escritores solemos tener egos muy grandes y unirnos es complicado. 

Tus libros hacen parte de un renacimiento actual del género fantástico en el país, ¿a qué le atribuyes ese despertar?

La realidad es cada vez más difícil. Tal vez estamos buscando evadirla. No sé la verdad, solo estoy lanzando una hipótesis que a muchos puede sonar absurda, aunque a mí me suena muy lógica.

¿Cómo ves el futuro de la literatura de terror colombiana?

Por mi bien, por mi salud mental, no me queda otra opción que verlo grandioso.

¿Cómo piensas que se puede fortalecer el género y evitar que se apague la llama?

Trabajando, tenemos que seguir escribiendo. Hay una labor primordial que están haciendo los Booktubers. Desde que esta figura no se convierta en farándula, como algunos pretenden, seguirá siendo un gran aporte a la hora de generar nuevos lectores. No descarto la posibilidad de algún tipo de campaña masiva en la que se le enseñe a la gente, entre otras cosas, que así como se gasta cierta cantidad de dinero en una botella de licor, también puede ser gastado en uno o más libros. Las editoriales, en especial las independientes, no pueden desistir en su afán por ofrecer alternativas a lo de siempre. Es una lucha muy compleja, pero se puede hacer.

Por mi parte, sigo en lo mío con la esperanza de que me lean. Es mi única herramienta.

Si el Diablo te propusiera un trato como el que le propone a Laura en Mal paga el Diablo, ¿qué deseo pedirías?

Jamás arriesgaría mi alma. Saldría despavorido si conociera al demonio.

Una pesadilla inolvidable:

Suelo recordar mis pesadillas, aunque no me gusta. Pero sueño con arañas todo el tiempo. O con personas, siluetas que, aunque siempre están quietas observándome sin más, siempre me transmiten la certeza de querer hacerme daño. A veces, incluso, despierto gritando, como en las películas, y entonces me siento ridículo, como las películas en las que la gente despierta gritando. He aprendido a vivir con eso, y desde que dejé de resistirme, las pesadillas no son tan frecuentes.

Guilty Pleasure (libro y película):

Está difícil la pregunta. La verdad es que en cuanto a libros no hay ninguno que me de vergüenza decir que lo leí y que me gustó. En cuanto a películas las de Jean Claude Van Damme me encantaban cuando tenía once o doce años. Y cuando digo que me encantaban me refiero a que las vi todas una y otra vez. Ahora me da algo de vergüenza admitirlo. Sin embargo, mis verdaderos placeres culposos vienen por el lado de la música, y de esos no pienso hablar nunca, el bullying sería infinito.

Si Stephen King te fuera a firmar un libro, ¿cuál escogerías?

Misery.

Escritor que te hubiera gustado conocer:

A Charles Bukowsky, aunque es muy probable que hubiéramos terminado a puños.

Libro que te hubiera gustado escribir:

El club de le pelea de Palahniuk o El ladrón de chicles, de Coupland.

¡Gracias, Álvaro!


*La entrevista se realizó antes de la publicación de Virus.

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