martes, 23 de febrero de 2016

RESEÑA: El resquicio (2012), Alfonso Acosta.


A usted le pueden decir que está lloviendo afuera, pero si no escucha las gotas sobre la ventana o el tejado o al menos no ve los relámpagos ni oye los truenos, aquella afirmación podría ser una mentira. El resquicio es eso: una película anunciada como «de terror», pero que no es más que la intención fallida de hacerlo.

Muchas películas colombianas de años recientes evidencian un intento de ofrecer una narrativa particular, propia. Y El resquicio parece apuntar a eso, pues al igual que las otras cintas que comparten esta tentativa, sucumben a ese monótono y vago estilo colombiano de contar una historia, lleno de escenas que se suceden unas tras otras sin tener clara la dirección, sin saber ni dónde ni cuándo será el clímax, que van de A a Z en un ejercicio, quizá creativo, pero para nada llamativo.

Sorprende que una historia tan sencilla pueda ser conducida con tanta torpeza. La muerte de Marcela ha marcado a la familia. Todos se trasladan al campo a modo de duelo. Tomás, el protagonista, es quien más sufre por la pérdida de su hermana Marcela. También siente una atracción por Angélica, su tía escritora. Su hermano Juan, malintencionado, siempre está provocando discordia. Una madre que no se da cuenta de nada. Y unos gemelos que van de aquí para allá recolectando piedras, inmersos en una fantasía, y que a veces actúan con malas intenciones. En El resquicio hay de todo para lograr una buena historia. La idea que yace en el fondo de este producto es explotable, pero todo es tirado por la borda. El protagonista, Tomás, es un muchacho que guarda dolor en su corazón, es silencioso, taciturno, lleno de frustración y pasiones encontradas; es una bomba a punto de estallar. Sin embargo, resulta ser un monigote que no hace más que pucheros, retraído y estúpido. Es un personaje tan detestable como todos los que lo rodean, un montón de citadinos que van al campo a quejarse porque no tienen televisión ni internet en su finca.

El resquicio está llena de elementos heredados del cine de horror, elementos que llevan consigo la idea del miedo, pero que son muy mal administrados. En rasgos generales, recuerda el estilo narrativo de El resplandor, segmentada en días y con cortes abruptos. La diferencia es que aquí no parece ser una propuesta deliberada y justificada sino un mal trabajo de edición. Los gemelos, dos niños odiosos que ven el campo como un moridero hediondo y aburrido, son una mala y manida interpretación del bien y el mal. En su errático comportamiento, no se sabe si son víctimas de la tensión que se vive en la casa o dos chicos que se escaparon de las plantaciones de Los niños del maíz. Y como agregado, otro niño campesino y su perro que ni le quitan ni le ponen a la historia. Y todo lo referente a la atracción entre la tía y el sobrino genera angustia, no por su bien dibujada tensión, sino porque uno sabe lo que está pasando, pero la película no se lo brinda al espectador con la fuerza suficiente. Y un final violento y repentino que no está asido a nada. ¿Y el trágico final? Un gancho fácil para plantar intriga en el espectador, pero que termina siendo una estafa.

La sugerencia es una de las grandes armas del cine de suspenso y el buen horror, pero de ninguna manera consiste en dejar pistas inconexas. Y la otra arma, el giro sorpresivo al final, depende de una buena construcción narrativa que le permita al espectador atar cabos y quedarse pensando al finalizar los créditos, cosa que esta cinta no tiene. El resquicio es una historia dibujada con perezosas pinceladas. Intentaron seguir un manual, pero les faltó espíritu y convicción.

Personajes planos, acartonados, indiferentes, que recitan diálogos inverosímiles y no intentan ni por asomo generar empatía con el espectador, además de clichés mal manejados, son los que habitan esta película monótona, cansina y pobre, que aspira a más de lo que puede ser. Es la muestra perfecta de cómo NO hacer cine de terror en Colombia. Es un proyecto amateur filmado en alta definición.

Lo único rescatables es Fiona Horsey como la tía Angélica, totalmente desaprovechada en un papel que es más detestable que el que interpreta en el comercial de galletas Saltín Noel.

-Mauro Vargas


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