lunes, 29 de febrero de 2016

ENTREVISTA: Miedo en escena II


Mauricio Suárez Sandoval, autor de Cartas de sangre, habla sobre lo provechoso de lograr establecer un horror latinoamericano.

Por Mauro Vargas. 

Para innovar en un género foráneo y con tanta tradición como lo es el horror, se debe partir de un respeto u homenaje a la tradición para ir, poco a poco, estableciendo una propuesta auténtica y diferente. A simple vista, obras teatrales como Cartas de sangre hacen pensar en las tradicionales casas del terror, en donde se paga para ser asustado. TEATRO VIVO, sin embargo, supera esta concepción, reinventándose a sí misma, sin olvidar la inspiración que estos lugares, tan arraigados en la cultura popular, le han dado a esta compañía teatral.

«A mí me ha gustado el terror desde siempre», afirma Mauricio Suárez, creador de la mayoría de las obras que han presentado. «Yo pensaba que algún día iba a tener una casa del terror, pero jamás me imaginé que aquello se convertiría en un teatro.

»Partimos de una estética pop ochentera. Como el gran elemento itinerante del terror es la casa, yo lo único que tenía para poder vivir aquellas experiencias era meterme en una de ellas. Entonces partimos de ese concepto, pero lo llevamos más allá. La escalonamos, volviéndola un proyecto que hable más de dramaturgia, del país, de personajes y miedos nuestros. Esa es la búsqueda de TEATRO VIVO. Lo que me gusta de la literatura de terror es que está llena de personajes completamente distorsionados, rayados, desde cuya óptica sicológica el mundo que los rodea, así como sus habitantes, cambian y se convierten en un nubarrón. Y así también es en la vida, en este país sumergido en la guerra. Aquí lo que tenemos es materia prima para hablar de terror».

Cuando alguien pretende trabajar el terror en Colombia, en especial el sobrenatural, siempre aparece un reclamo. Siendo este un país tan acostumbrado a la violencia y, por ende, a un terror más racional y objetivo, acudir a lo fantástico parece inútil. ¿Por qué podría interesarnos un terror fantástico si el terror de nuestra realidad, el que presenciamos a diario, parece más amenazante?

«Porque yo siento que el arte, al elevar poéticamente las pasiones más horribles y más bonitas de los hombres, las explican», afirma Mauricio Suárez. «Y yo creo que el terror en Colombia necesita ser explicado, pero ningún artista se está interesando. La gran mayoría lo hace desde ópticas sociales, en el cine, en la escultura, en la pintura, incluso en la música, pero en el teatro hay una militancia en la Candelaria, en Matacandelas, con personajes que no salen del realismo europeo y es allí cuando me pongo a pensar. A mí también me preguntan mucho, ¿pero por qué el terror? Pues porque el terror es una fascinación. Yo no crecí en un pueblo, pero me formé como artista en el Cauca y esa es una región llena de contrastes: indígenas, campesinos, afros, los mestizos que somos nosotros, y un constructo de violencia en la carretera. Cuando me tocaba hacer talleres, me tocaba ir por la vía de la Cruz Roja y hablaba con gente que me contaba unas historias que superaban cualquier historia literaria sobre el terror. Lovecraft y Edgar Allan Poe, que son tan lindos, que son la poesía del terror, permiten que uno se deje fascinar y descubre muchas cosas. Cuando uno escuchaba a estos habitantes del Cauca, todo se hacía tan explícito que clamaba por una explicación poética. Yo creo que el terror en el teatro eleva poéticamente esa circunstancia violenta, a su vez que expone al público a ella. Son personajes trágicos, completamente éticos, y yo creo que el terror se hace necesario porque hay que hablar de lo que sucede. Era muy difícil escuchar a uno de estos muchachos, que fueron los primeros actores de este proyecto, cuando yo les ponía a escribir monólogos y hablaban de tirar niños, bebés recién nacidos, al aire para que los personajes les dispararan a tiros. ¿Yo cómo le daba sustento a eso? Los papás de los muchachos se impresionaban al escuchar esos monólogos y yo les decía que así se purgaban sus demonios ahí parados, en el teatro. Se hablaba de violaciones y asesinatos. Yo pensaba cómo elevar todo ese asunto de la muerte poéticamente sabiendo que la muerte está presente en la sala de la casa, o en el periódico, o en el noticiero. ¿Hay que seguirla escondiendo? No. Hay que sacarla. Tenemos que hablar de la muerte, pero ¿qué es el terror? ¿A qué le tememos? ¿Cuál es el perseguidor? Vivir en este país es tan difícil que uno fracasa. Si nosotros fracasamos con nuestra obra de teatro, se nos viene el mundo encima. ¿Qué es lo que yo temo?

»Nuestros personajes creen en el coco. Sí, hay cocos, hay zombis. En Cartas de sangre, por ejemplo, hay unos asesinos potenciales y transforman su yo porque así lo deciden, porque ya no saben qué significa la maldad, pues en un país como este, la maldad perdió el sentido hace mucho tiempo. Pero, ¿esa es la peor maldad?¿O la peor maldad son esas dos mujeres que pelean por esta casa y destruyen a sus familias por culpa de la ambición? El terror se vuelve, allí, una oportunidad para hablar de nosotros mismos. Este país necesita, definitivamente, más escritores de dramaturgia, más gente que hable del terror de frente. Ha sido un subgénero maltratado y desprestigiado, es cierto, pero es que en él hay catarsis pura. El público viene aquí a veces solo para desestresarse, y esa es una oportunidad para hablar sobre lo que a  la gente le parece crudo e ignora deliberadamente. Nosotros lo que hacemos es ponerlo en un punto poético: los personajes se elevan, son teatrales, mientras sostenemos un discurso sobre el miedo que está en todos nosotros. Puede ser miedo a coger la carretera, por ejemplo. Mi papá todavía tiene miedo a irse a la carretera. Yo me pregunto qué se imaginará él en la noche; que uno va en el carro y algo va a pasar, que vamos a morir, tal vez. El temor de la muerte. Ese miedo lo tiene mi papá y es lo que intentamos enfrentar aquí.

»A mí no me parece casual que haya tanto interés en el género de terror en un país como este. En la región, Colombia es uno de los países más clavados en la guerra que lleva más de sesenta y cinco años; nosotros encerrados en las ciudades mientras la gente en las regiones sufre los estragos de la guerra. No es casual que hagamos terror».
En Danza macabra, Stephen King lanza una hipótesis: los géneros fantásticos —especialmente el horror—, atraviesa por ciclos de éxito que normalmente coinciden con períodos de crisis de los países. Que ahora estén renaciendo ese tipo de obras en Colombia puede decirnos algo sobre las situaciones que estamos atravesando. Sin embargo, nuestra crisis es algo que no ha parado desde hace más de cincuenta años y como habitantes, estamos vacunados ante estos fenómenos. Vemos masacres en televisión mientras almorzamos, y sin inmutarnos. Parece impensable que el horror de la imaginación pueda siquiera movernos emocionalmente.

«Esa parece una escena de sicópatas: comen viendo muertos. Y así es en un restaurante, el que sea, que tenga un televisor. Se volvió parte del almuerzo escuchar la propaganda noticiosa de RCN y Caracol. Eso se entrañó y siento que responde a un modelo. Por ejemplo, en Namibia, lo que más circula es el terror casero. Es la industria más grande, por encima de la de India, en el desarrollo del cine. Venden casetes y circulan. Hay una creencia sobre la brujería y el vudú y hay muchas circunstancias de violencia y estoy de acuerdo con lo que Stephen King dice sobre los ciclos de éxito y las crisis. Sin embargo, en Estados Unidos el terror sigue siendo un producto sustentable dentro de su capitalismo. Siempre sale una película de terror y tiene un mercado y no podríamos decir que Estados Unidos está en un conflicto permanente; pero es que también responde a una coyuntura social. En Latinoamérica yo me he puesto a averiguar en dónde están los focos del terror. Ahorita Juliana Rojas, que es una realizadora nueva que ha ido a Cannes con sus propuestas del género, habla de un terror muy social. Hace poco realizó un musical de terror que quiero ver. Vi la película con la que fue a Canne... ¡eso tiene un soye tremendo!

»El terror que yo estoy haciendo desde hace trece años corresponde a lo que yo espero del género: que sea vertiginoso, sorpresivo, que haga sentir al público vivo. Es como una montaña rusa. Yo me siento vivo cuando mis nervios están a tope. Y como uno está clavado en rutinas: trabaje, bus, trabaje, bus, escritorio, trabaje, ¿cuándo la gente puede sentirse viva? El miedo es esa oportunidad. El miedo controlado, la poesía. La poética del miedo. Yo creo que sí está emergiendo. Pronto habrá un tipo de terror latinoamericano».

Ante la pregunta sobre si es posible un terror con identidad, un terror que sea identificable como nuestro cuando el lector o espectador lo experimente, Mauricio Suárez responde con absoluto convencimiento. Sabe que ese terror estará marcado por circunstancias propias de nuestro contexto y que agentes externos no entienden y jamás podrían recrear.

«No entenderán, por ejemplo, por qué se encierra a un ser humano permanentemente. ¿En qué otro país podría ser común que a la gente se le prive de la libertad durante catorce años sin que medie la justicia? Yo quiero tener dinero, lo encierro a usted, lo tengo ahí, apañado a punta de extorsión. Y si no es extorsión, simplemente por un antojo político lo privo de la libertad por quince años, muerto en vida, en un país como este en donde hay jóvenes desplazados de las ciudades que han crecido en medio del conflicto. Toda esa gente se va a volver adulta y solo ellos podrán entender el drama de tener a la gente encerrada.

»La gran mayoría de los actores con los que empecé este proyecto habían vivido situaciones fuertes. Muertes y secuestros familiares. Yo me he puesto a averiguar en mi familia y, hacia arriba, hay unas situaciones tenaces. Todas estas familias en Bogotá, por lo menos la mía y la de varios amigos que me rodean, vinieron desplazados por el período de la violencia, por los chumaceros, por la guerra de los mil días. Huyen del secuestro y la masacre. ¡Es que Colombia tiene mil setecientas masacres en el archivo de memoria histórica! Ningún país tiene tantas. No calculan el número de muertos.

La película que yo estoy escribiendo es sobre una masacre, la más larga. Duró dos días. Los habitantes se enteran de la masacre por setenta y cuatro cuerpos que vienen bajando por el río Cauca. De todo aquello solo quedó un sobreviviente en un pueblo abandonado. Ahora ya está repoblado. Cuando la gente que estuvo presente en la masacre de Trujillo vuelve, los lugareños dicen que lo que le pasó al pueblo fue por ese único sobreviviente, que era un chino que debía de estar enfermo. Parece que lo tenían escondido, por eso se salvó de la masacre. Lo escondió la familia. Por eso no está documentado. Dicen que tenía síndrome de Down. Él fue el único sobreviviente y la gente pensó que él tenía algo «raro» y por eso no murió. La explicación fue que el chino estaba poseído, embrujado. Ese tipo de pensamiento es el que generará fascinación. Será como lo que Luis Ospina y Mayolo, los únicos que abordaron el género oscuro en el cine, lograron aquí. Lograron hacer cine colombiano. Tiene personajes... zombis, zombis en el Valle del Cauca en Carne de tu carne. Ay no, tan cándidos nosotros. Cómo será nuestro terror. Pues nada, nuestras historias no son nada gringas. Hay que alejarse del terror gringo, con personajes muy colombianos, que genere adherencia, pues hemos aspirado al género por medio de otras ideas, las europeas y las gringas. El terror muy salpicado. Nosotros intentamos con la nueva obra que estamos próximos a estrenar, Agua para las ánimas, un terror más sosegado, más pausado, con más suspenso, como lo hicimos en Psicópata».

Ante tal declaración, es inevitable preguntarle sobre los próximos proyectos de TEATRO VIVO y lo que nos dice Mauricio Suárez nos hace pensar que esta compañía no se cansa y va cada vez por más.

«Agua para las ánimas la estrenaremos en el 2016. Es nuestro Macondo del terror. Es una historia generacional. Tratará de cómo una creencia del terror va evolucionando a través de os años, desde mi ochocientos hasta el 2012. Es una construcción macondiana. Además, estamos trabajando en un nuevo proyecto. Estamos buscando un terreno con casa a las afueras de Bogotá. Yo quiero hacer un campamento, un amanecer con la gente, pero diferente a como lo hacen en España, con zombis en la calle. No, quiero que este sea controlado en una gran extensión de tierra, a donde la gente pueda llevar su camping al hombro. Pasarán la noche allí realizando misiones. El ideal es que antes de que salga el sol usted todavía esté en la tienda y mi idea es que como el silencio es fundamental, el que haga ruido en el camping va a tener un enjambre de zombis muy cerca, y si continúa con este, le desbaratan el camping y lo pierden. Es muy difícil sobrevivir. Si pierden el camping, tendrán dos opciones: irse del juego o convertirse en zombi. Lo maquillaremos  y todo. El juego duraría siete horas más o menos, y solo amanecen los que puedan y a lo largo del tiempo vamos poniendo misiones: en tal lugar del potrero hay una niña atrapada, la horda de zombis va a atacarla. Quienes se atrevan a ir por ella tienen que salir de las tiendas. Eso es lo que estamos pensando hacer, que es más controlado, no hay inseguridad para el público. Creemos que podemos controlar las circunstancias».

Estaremos pendientes de las propuestas de TEATRO VIVO, así como de los proyectos de Mauricio Suárez, que no solo ha revolucionado la manera de vivir el teatro, sino también de proponer un terror nuestro, que no solo nos estremezca, sino que nos ofrezca una visión de mundo diferente a la que nos han vendido desde hace tanto tiempo.

Lee la primera parte de la entrevista siguiendo este enlace.

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