RESEÑA: Rabia (Rage), de Stephen King


El 26 de abril de 1988, un adolescente llamado Jeffrey Lyne Cox llegó a su escuela, el San Gabriel Hight School, en California, con un rifle semi-automático. Retuvo a una clase de sesenta estudiantes durante treinta minutos.

El 18 de septiembre de 1989, el joven Dustin L. Pierce llevó a su escuela Jackson County High School en McKee, Kentucky, una escopeta y dos armas de mano, con las que sometió a una clase de álgebra durante nueve horas, en las que se enfrentó a la policía.

El 1 de diciembre de 1997, Michael Corneal llegó a su escuela con una escopeta, un rifle y una pistola calibre 22 y disparó a los jóvenes integrantes de un grupo de oración. Murieron tres tras ser hospitalizados y los otros cinco quedaron heridos. Parecía que iba con ese objetivo, pues al finalizar su matanza se rindió ante el director. El chico era un esquizofrénico.

Hay un objeto que une a estos tres muchachos. Una novela titulada Rage publicada en 1977, escrita por un tal Richard Bachman. Era un libro muy pequeño, una historia muy corta, pero suficientemente poderosa como para suponer que influenció de manera tan radical la mente de tres jóvenes norteamericanos. Es la conclusión a la que llegaron las autoridades: el libro en cuestión fue hallado entre las pertenencias de cada uno.

Podemos creer esto, sin dudas. No es difícil. La novela no es de las que parecen emitir mensajes subliminales para convertir en desquiciados a sus lectores, como ocurrió con Mark David Chapman, asesino de John Lenon, quien dijo haber sido influenciado por  El guardián en el centeno, de J. D. Saliger. Por el contrario, esta novela, escrita por Stephen King bajo su seudónimo, es absolutamente directa y explícita. Trata de un adolescente llamado Charles Decker que decide retener en el aula a sus compañeros de clase, armado y dispuesto a disparar si no se ciñen al juego que propone, un juego de confesiones que se va desarrollando lentamente. Somete a los directores de la escuela, somete a sus compañeros, somete a la policía y al resto del pueblo, expectante a las afueras del plantel estudiantil, desde el escritorio de su profesora, empuñando un arma cargada.

No es una novela desalmadamente violenta, como aparenta ser. Su fama de ser propiciadora de tales crímenes estudiantiles la excede. La crudeza reposa, más bien, en un tipo de pensamiento que embarga la mente del protagonista y sus víctimas. Un pensamiento aparentemente retorcido —pero muy racional a la vez— inducido por los elementos culturales que determinan la conducta de una comunidad. Con Charles Decker nos damos cuenta de que la violencia se ha manifestado en diferentes formas desde su infancia. La exigencia de su padre por hacerlo un hombre fuerte, reclamándole una rudeza ajena a su edad, es la que desencadena una relación conflictiva que no cesa. Charles Decker narra la historia y nos cuenta a nosotros —así como a sus rehenes— episodios de su vida en los que podemos adivinar en dónde está el origen de su violenta e inesperada conducta. El muchacho se convierte en una suerte de redentor para sus compañeros de clase, que son aquí la representación de los secretos que todos ocultamos tras la máscara que mostramos a todo el mundo. Su raptor es un confesor sagaz e impredecible. Con su repentismo busca hacer caer a sus superiores. Los humilla, los rebaja y los revela ante los estudiantes.

Por otro lado, las condiciones de este juego que propone Decker hacen que sus compañeros comiencen a destaparse ante él, un confesor a mano armada. Sorprendentemente, la reacción de estos jóvenes ante el inesperado secuestro no es alarmante como lo esperamos, sino que parecen aceptar el juego muy bien, como si se divirtieran con él. Saben que están siendo amenazados, pero los nubla la esperanzadora visión de ver a sus controladores adultos sometidos como ellos. Irónicamente, la opresión de la situación los hace liberarse del yugo al que se han visto sometidos desde su nacimiento: un yugo paternal y educativo. En ese salón son libres frente al cañón del arma de Charles Decker. Pero también podemos considerar la posibilidad de que esta novela es una denuncia de la alienación de las mentes juveniles que, enfrentadas a tanta violencia y muerte, han terminado por aceptar estos episodios como algo de su cotidianidad; una denuncia que resultó ser demasiado honesta y real, a pesar de ser ficción, y tuvo la capacidad involuntaria de empujar a más adolescentes a incrementar el terror en las aulas.

Stephen King lo vio de esta manera. Por eso, en los años noventa, prohibió la reedición del libro. Se sintió culpable de haber provocado, involuntariamente, tres crímenes de esta magnitud, e incluso avergonzado de haberla escrito. Pero es demasiado tarde para borrarla. Existen los ejemplares y se pueden conseguir aún. En inglés rondan por ahí las primeras copias bajo el nombre de Richard Bachman, tan perseguidas por los coleccionistas, así como el libro enorme que reunió cuatro novelas de Richard Bachman (The Bachman Books), entre las que se encuentra Rabia. En Reino Unido se pueden hallar otras más. Y claro, en español alcanzamos a ver tres ediciones: las dos primeras, de la desaparecida y extraordinaria editorial Martínez Roca; la tercera, editada años después por DeBolsillo. Difícil de conseguirlas, sí, pero no imposible. Solo hay que tener paciencia.

No es de las mejores novelas de King ni de Bachman. Son más interesantes La larga marcha  y El fugitivo. Sin embargo, se valora la siempre grandiosa habilidad del autor por fabricar estos ambientes de tensión en lugares pequeños, con pocos personajes y situaciones casi despojadas de acción. La palabra y el carácter de sus personajes son las herramientas clave para escribir sus historias. Rabia está llena de crítica social, así como las otras novelas bajo su seudónimo y si el lector no es moderado, puede que se vea arrastrado por la historia misma, pasando páginas desenfrenadamente. Es un libro en el que no hay casi acción del tipo espectacular, lleno de fuegos artificiales, de esos que buscan algunos lectores, pero sí es cierto que desborda tensión y suspenso en cada línea. Su sencillez revela la habilidad narrativa superior de un escritor que la tiene desde hace muchos años.


King, Stephen. Rabia; traducción de Hernán Sabaté. Barcelona, Martínez Roca, 1987.

Comentarios

  1. Coincido en todo, Mauro. Excelente reseña.
    ¡Saludos!

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  2. muy buen resumen y analisis Mauro.

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  3. No he leído la novela. En principio no es de las que más me atrae de King. Pero me ha sorprendido todo lo que has contando de ella, no tenía ni idea de que la hubieran culpado de fomentar esa clase de violencia. Aunque esta clase de afirmaciones siempre me sorprende, como cuando culpan a King de la fobia a los payasos: los payasos dan repelús, King supo verlo y jugar con ello. Bueno, esa es solo mi opinión personal :-)
    Muy buena reseña, gracias por todos los datos.
    ¡Un abrazo!

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    1. Lo que dices sobre los payasos es cierto, tan similar como culpar a las películas de terror de las conductas criminales de algunas personas. Quienes hacen horror, en todas su diversas formas, han tenido que lidiar con estas absurdas acusaciones. Resulta curioso que King, como miembro de esos "hacedores del terror", haya decidido aceptar tales hipótesis sobre su novela. Aunque no lo culpo: que hayan encontrado el mismo libro entre las pertenencias de los tres culpables es una coincidencia muy macabra.

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  4. Había oído hablar de este libro, pero no de forma tan detallada como tú lo has hecho. Aunque no está entre mis más apetecibles de King a la hora de embarcarme en un nuevo libro, no descarto leerlo. Ya caerá más tarde o más temprano.
    Muy buena reseña.

    Un abrazo ;)

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    1. Gracias por tus comentarios, Ray. Como historia, es más bien prescindible, pero dada la dificultad para conseguirlo, para un coleccionista es una cita obligada.
      Saludos.

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