Miedo en escena: primera parte



Por Mauricio Vargas Herrera.

Por fuera no aparenta ser más que una antigua casa en medio de un tranquilo barrio capitalino. No se oye un solo ruido salir de su interior. Pero cada viernes en la noche, abre sus puertas al horror que se esconde en cada habitación. Vampiros, asesinos, fantasmas y demás criaturas de las sombras despiertan para sacudir las emociones de los asistentes a Cartas de sangre, la obra de teatro que por esta temporada, y con mucho éxito, demuestra cómo llevar el horror a un nuevo nivel de realismo.

Cartas de sangre es la antítesis de la tradición. Es la erradicación de las barreras que separan al público del escenario. Transforma lo que tradicionalmente es un espectáculo de contemplación para convertirlo en un espacio de interacción que lleva las emociones y pensamientos del espectador al límite. «Para que haya un teatro vivo debe haber un teatro muerto», afirma Mauricio Suárez, escritor de la obra. He ahí el nombre de esta compañía.

Aunque algunos dicen que para romper el canon hay que sumergirse primero en él, el teatro que este dramaturgo ha venido construyendo desde el inicio demuestra que para toda ley hay una excepción.

«Yo me formé en cine y viajé a Popayán porque quería hacer una miniserie», explica. «Comencé a trabajar con población desplazada, con gente que llegaba a Popayán desde diferentes municipios del Cauca y de otras zonas del país. Lo que yo hacía con esos jóvenes era un programa sobre utilización del tiempo. Ese fue mi primer trabajo. Yo quería hacer con ellos  una serie que expresara la problemática. La preparación de los actores, que realizaban talleres de  teatro, fue un trabajo largo. Mientras me encontraba en esa labor, apareció una señora que se llama Ana Luisa Alarcón, con una casa colonial en un súper sector de Popayán, y nos dijo “allí pueden hacer ese trabajo social que están haciendo”. La casa estaba muy mal. Cuando yo la vi, dije ¿cómo vamos a hacer para ponerle techo? porque, en verdad, la casa estaba en muy malas condiciones.
»Siempre me ha gustado escribir. Hice allí un taller de libretos con otra gente que se estaba preparando para ser del equipo de realización. Entonces montamos una casa del terror que nos dio para ponerle el techo y para pintarla. Eso nos sirvió para comenzar un proyecto llamado Forjadores de país.

»En ese punto yo detestaba el teatro porque, cuando yo iba, me pegaba unas aburridas... No me identificaba con eso. Criticaba las actuaciones recitadas, me parecía tonto contemplar un plano general cuando tenía la posibilidad del primer plano, es decir, ya tenía una relación disfuncional con el teatro.

»Cuando me pregunté cómo íbamos a sostener la casa, unos compañeros me dijeron “Pues haciendo teatro”. ¡Cómo iba yo a hacer teatro si lo detestaba! Entonces comencé a imaginar cómo sería un teatro que me gustara, algo como una locación. A mí me fascinaba que las historias se volvieran realidad y me propuse a preparar algo que demostrara esa estética. El primer escenario que diseñé fue una salita con un televisor y un pequeño video. La gente lo veía y luego tenía que caminar por la locación. Los muchachos a los que yo estaba formando hacían pequeños episodios. Eso fue el asunto: hacer un teatro que erradicara el proscenio, que no existiera la división entre el público y el actor, porque el público tenía que asumir el rol de un personaje. Yo quería hacer algo que no fuera teatro sino que pareciera más un videojuego, más cine, más primer plano. Así comenzó».

Frente a los nuevos medios de entretenimiento, el teatro ha perdido fuerza e, incluso, la batalla. La televisión y el cine le han arrebatado buena parte de su público y no es raro escuchar cómo la invitación a ver obras en las tablas se ha convertido en un grito de súplica. Mientras sus competidores se esfuerzan por buscar estrategias que despierten más estímulos, el teatro se ha quedado rezagado con su estilo clásico, limitándose solo a pedir a gritos el apoyo de la gente. Mauricio Suárez es consciente de este malestar y no teme señalar la falta de creatividad que frena el avance. «Veintitrés siglos de contemplación, la gente sentada viendo el teatro de la misma manera. Claro, la entrada del cine y la televisión pone en riesgo la permanencia del teatro. Es decir, yo prefiero ir a ver 4D que irme a teatro». La solución, sin embargo, está más cerca de lo que parece.

«Si lo ven bien, el cine está tendiendo a acciones escénicas: a mover la silla, a tirarle agua al público a la cara, a un hiperrealismo que, dadas las circunstancias, en un proyecto teatral como este, supera a cualquier 3D o 4D, porque aquí los personajes están muy cerca de uno. El público toma la decisión de entrar a ver la obra, como en Romeo y Julieta, solo que Julieta le está hablando y lo está viendo, entonces uno ya no está como un morboso viendo a Julieta, sino que Julieta es consciente de que la audiencia está ahí, así que si va a pasar algo con Romeo, el público se hace cómplice de ella, lo que permite una valoración ética del público. He ahí el tema del terror, que pone al público, en esta obra dirigida por Natalia, por ejemplo, a decidir si mata o no al villano. Cuando el personaje dramático pregunta “¡Qué hacemos!”, el público siempre, hasta ahora, dice “maten a ese hijueputa”. Todos matan. Claro, es el final más aterrador en términos de dramaturgia y es también una oportunidad para que nosotros nos preguntemos qué está pasando con nuestra consciencia. Tenemos la capacidad de poner a decidir al público en la circunstancia. Creo que no solo en el efecto que tiene la situación sino en el compromiso que el público adquiere cuando se involucra con los personajes, ese es para mí el teatro del futuro. Pero hay que bajar a los actores del proscenio, que se bajen y dejen de estar recibiendo aplausos, que se vuelvan más guerreros. Y el público que viene se fascina con las propuestas, porque claro, nuestra estética es no contemplar. De hecho, no hay forma de que nos aplaudan porque como el público no existe, son personajes, todos son visibles en la escena. Eso supera cualquier hiperrealismo dado por el teatro y por el mismo cine».



Como si transformar el espacio teatral no fuera suficiente, la creación de una obra desde cero y la preparación del elenco para llevarla a escena también toman distancia del canon. Es un alejamiento necesario, condicionado por un tipo de dramaturgia que, al darle tanta participación al público, está sometida a lo inesperado. Mauricio dice que eso les ha ofrecido la oportunidad de escribir muchas obras inéditas, pues nunca han decidido hacer adaptaciones.  «No vamos a violentar un texto dramático, a mal adaptarlo, pues el público puede tocar las escenas. La concepción de una dramaturgia original se hace necesaria para hablar de un esquema artístico. La forma como nosotros trabajamos es la de la escuela sicodramática. Los aprendices vienen aquí a desarrollar un trabajo en prácticas que consiste en trabajar en las obras nuestras. Cuando ya están en el entrenamiento comienza el descubrimiento de una historia que generalmente nace de fascinaciones como el secuestro. O vemos una crónica en el periódico, o la misma ambición de las personas, los odios y resentimientos, o las cosas que nos suceden a diario, o las deudas. Las deudas son un territorio aterrador. Sobre esos temas construimos los personajes y sus impulsos. El sicodrama, para nosotros, es la forma del encuentro entre el actor, el director y el dramaturgo. Allí el actor participa de la construcción de un ejercicio como: hay dos mujeres que son dueñas de esta casa y tenemos que resolver el conflicto. Luego uno ve a las actrices como construyen esos impulsos y aunque hay un texto dramático base, la obra se forja sin libreto. Dos semanas antes del estreno hay un arreglo poético. Para eso está el escritor vivo. Uno participa en los ensayos. Por lo menos Natalia, que  dirige Cartas de sangre y es su primera experiencia dirigiendo, estuvo presente como directora y actriz, viviendo la circunstancia. Luego llega el momento en que todo debe volverse poesía, se hace un documento que es nuestra poética de la obra, se establecen parámetros, afinamos textos, las palabras que queremos decir y lo que queremos trabajar, sin olvidar que las escenas son como gelatina, que son maleables y no cajones de hierro».

Y así como la concepción del teatro se moldea, las historias mismas se adaptan al contexto y a la visión de cada director. Natalia González, con apenas diecinueve años, es ahora quien comanda esta historia. Tras surgir de la escuela y protagonizar varias obras, llegó el momento en que se le dio la oportunidad de ponerse del otro lado y asumir el papel de creadora. Mauricio Suárez rescata las virtudes de Natalia. «Ella es exótica», dice. «Lo más chévere es que es mujer y es muy difícil que haya propuestas de mujeres en el teatro, y en el terror en general. Eso me parece excelente». Y como escritor de la obra, recuerda de dónde surgió la idea y cómo la visión de Natalia fue refrescante. 

«Cartas de sangre nace cuando comenzamos a trabajar nuestra dramaturgia vampírica. Yo me preguntaba cómo serían los vampiros colombianos. Para mí, los vampiros son aquellas personas que se aprovechan de los otros. Cartas de sangre es un segundo episodio de La mala espina, que fue súper exitosa en el 2013. Fue una experiencia onírica, sobre cuáles eran los sueños de la protagonista de la historia. Eran unos personajes raros. Cuando Natalia decidió dirigir, le di a que escogiera una dramaturgia y ella se decantó por Cartas de sangre, pero le dio su enfoque, le quitó el tema vampírico a la obra».

«Sí, la segunda Cartas de sangre se basa más en la maldad», afirma Natalia González. «También en lo que está sucediendo en el mundo por el placer; qué hacemos para obtener placer.

»Me basé en una droga que hay en Rusia, el Krokodil, y en los efectos que tiene en las personas que lo consumen, en cómo se vuelve su cuerpo. Es diez veces más adictiva que la heroína. Yo propuse asesinos. No son vampiros, son personas que tienen necesidades, que sufren síndrome de abstinencia y que harían cualquier cosa por sentir placer. Esos personajes, que se llaman Nirvos, ¿qué serán capaces de hacer por conseguir un poco más de eso que los satisface? ¿Quién lidera eso? Una mente que no tiene tapujos. Una mente que quiere venganza, que quiere cosas, que quiere hacer entender a los demás que son malos solo porque ella lo dice. Entonces se aprovecha de las necesidades de las personas que quieren sentir placer para llevar a cabo una venganza y es así como transformo la dramaturgia de Cartas de sangre, que era más vampírica y onírica, y la vuelvo más cruda. Son asesinos que serían capaces de matar por un poco de droga. Pero no es culpa de ellos, es culpa de su cuerpo que los incita y los hace traspasar ciertos límites. Ellos ni siquiera pueden pensar correctamente, no ven, simplemente su cuerpo les pide droga, y si les dicen “maten”, ellos son capaces de hacerlo. Y esa es la cuestión de la obra. Usted se está enfrentando a unos asesinos, pero usted, público, también puede matar si quiere. ¿Qué hará?»

«Sobre todo el concepto del placer, que es tan ambiguo», anota Mauricio. «Es el placer de tener esta casa, de tener un collar, de disfrutar de la familia, o de la droga. El protagonista, que es un villano, dice que ya no tiene ningún motivo para su maldad, solo quiere sentir placer: el placer de la maldad. Y lo pensamos porque en los últimos dos años ha habido muchas muertes. Parricidios. Parece que no hay explicación para esos acontecimientos que son impresionantes. Al detallar las muertes, uno se da cuenta de que son horribles. Y crecen cada vez más. Hay una maldad entrañada, como dice Mario Mendoza en Satanás. Está entrañada en la sociedad y no hay forma de explicarla. A menos que digan que Satanás se metió en el cuerpo de la gente. Nosotros lo que hacemos es decir que la maldad, más que un asunto del Diablo, es una sensación placentera».

Natalia González sabe que embarcarse en una empresa de este calibre no es fácil a su corta edad. Teniendo en cuenta que todos los actores son mayores que ella, debe superar obstáculos como la subestimación. Para ello debe trabajar duro y ser firme en su posición estética, además de saber escuchar y enfocarse.

«Primero debí entender la propuesta, porque en la obra lo más importante no es el libreto sino la construcción que los actores hacen de la historia para que la entiendan y puedan improvisar correctamente. Cuando ya la tienen asimilada, uno puede jugar a crear, a construir y todo se facilita. Pero lo más chévere es poder transmitir algo con el contenido transversal de la obra que es la ambición, y lo que somos capaces de hacer frente a las situaciones. Nos sorprende que la audiencia siempre diga “Matémoslo, no importa”. Ahí podemos ver qué está pensando la sociedad, pues ponemos en juego sus principios. Esta es una dramaturgia que intenta reflejar lo que está sucediendo ahora. Proponemos que la maldad no siempre viene por un motivo claro, sino que las personas deciden ser malas por un constructo social. No necesariamente pudieron tener un suceso trágico para volverse malas, sino que simplemente no tienen una ética, no creen en algo, entonces deciden tomar cartas en el asunto. “Quiero ser malo y qué va a hacer usted al respecto”. El público tiene la opción de salvarse o morir. Y generalmente mueren».

Si uno repasa la actividad de Teatro Vivo desde sus inicios, es asombroso notar cómo la gran mayoría de obras se enmarcan dentro del género de terror. Ser fieles a un género y cosechar el éxito obra tras obra revela cuánto interés despierta, no solo en los asistentes, sino en los realizadores. Disfrutar del terror, un género tan denigrado por la crítica, requiere pasión. Hay que dejarse seducir por él para desentrañar su poder catártico. «El terror es una fascinación», confiesa Natalia González. «A mí me gusta y por eso encuentro afinidad con el proceso de la compañía. Cuando ingresé a la escuela, descubrí el teatro vivo y cómo funcionaba la construcción de los personajes y me pareció fascinante cómo un actor puede sentir la historia y creer en el terror, además de no solo en transmitir, sino ser consciente de un drama que está sucediendo. Yo quiero que los personajes que me acompañan entiendan el terror que yo vivo, no para que se asusten, sino para que comprendan el drama. Eso produce una fascinación en mí. Poder transmitir eso, vivirlo y ver cómo el público tiene la capacidad de decidir y de sentir. Aquí se logra la catarsis. Partimos de la pregunta “¿qué pasaría si...?” y empieza la mente a divagar. La oscuridad, la maldad, la ambición, el ego, la avaricia, todo eso es insumo, no para llevarlo a una propuesta común, sino a algo novedoso en donde el público deba pensar. En la obra frontal, en el teatro muerto, el que quiera pone atención y el que no, no. En el teatro vivo, sin embargo, usted va a prestar atención, así no quiera. Le va tocar tomar decisiones. Para algo vino. Entonces ahí ya hemos ganado algo, así ellos no pretendan decir a qué vinieron. Pretenden divertirse, pero se les pone en cuestionamiento y eso es bueno».



«Al público le fascina», explica Mauricio Suárez. «Yo no sé si es que les da pena, porque como nosotros no recibimos aplausos, hacemos encuesta: cómo les pareció la obra, mala, regular o buena. Nos va bien siempre. Nos esforzamos por que a la gente le de nervios. Algo tiene que pasarles. Algo deben sentir.

»Algunas veces la gente rechaza el espectáculo. No les gusta porque es muy agresivo por el contacto con los actores. Sin embargo, la mayoría saben a lo que vienen. Siempre les preguntamos si están seguros de entrar a la obra para que la experiencia sea una experiencia estética. A mí me parece que lo mejor del género de terror es que tiene algo que otros géneros no tienen. Otros géneros han sido muy explorados y son la fiebre de muchos artistas para sentirse artistas. Uno a veces hace terror y no se siente tan artista porque se pregunta “qué estoy haciendo con mi vida”, pero el terror tiene algo: cuando los nervios están a flor de piel, uno se siente vivo, aquí y ahora, y creo que eso es una facultad del género en la literatura, el cine y el teatro. Por eso la gente viene. Más que querer asustarse, quieren volver a vivir».

Es natural. Quienes han dejado su legado en el género, lo reivindican como una manifestación artística inmortal, pues el miedo es un sentimiento universal e instintivo, que no respeta fronteras ni temporalidades. Como dice Natalia, es una respuesta natural.

«Y la primera reacción cuando se siente miedo es esconderlo», añade Mauricio. «Uno queda con el miedo arraigado en su espíritu. Lo que tienen las obras de terror es que le permiten a uno gritar, y el grito es lo que hace que el alma se libere y deje salir el temor por vivir y por enfrentar el riesgo, que a veces es lo que queda dentro de uno cuando uno vive en circunstancias tan duras.

»El teatro muerto, frontal, me parece macabro porque insiste en decirle al público “siéntese, cállese y escuche. No haga ruido. Silencio total”. Se inhibe al público. Puede ser que eso sea válido en el cine, pero en el teatro, que es donde hay vida y los seres humanos se reúnen, me parece macabro el hecho de que obliguen a la gente a anularse de esa manera, sobre todo en un país tan dormido como el nuestro. La gente está dormida en su silla. ¿Invitarlo a una obra de teatro para que siga haciendo lo que hace en la sala de la casa? Eso me parece mortal. Tener a un actor allí, entre el público, es desaparecer eso y se convierte, más bien, en un juego. El público viene a jugar con nosotros, a desentrañar sus temores. Si tiene que gritar,  grite. No le dé pena. Grite por el miedo que tiene. Eso es lo que da el género y por eso creo que tiene vida. En la sociedad de consumo en la que estamos, y como se desarrolla políticamente nuestro país y el mundo capitalista y el proceso anti natura que está llevando, cada vez nos fundiremos más en el miedo y la única oportunidad de liberarnos es el género del terror, que crece y fascina. Todo ese miedo debe ser reinterpretado de alguna manera».

Teatro vivo, sin embargo, rompe uno de los más grandes argumentos que han esgrimido los realizadores —en especial los directores de cine— para explicar por qué a la gente le gusta pagar para asustarse. El argumento afirma que asustarse y aventurarse al peligro con la garantía de sentirse a salvo es lo que nos atrae de las historias de terror. Vemos en la pantalla a un asesino descuartizando adolescentes o a un fantasma aterrorizando a una familia, pero sabiendo que estamos seguros en el sillón de nuestra sala. Las obras de Teatro vivo destruyen esa otra barrera invisible de la que el terror convencional se enorgullece y deja a los espectadores a merced de un peligro más real.

«El riesgo es potencial», dice Mauricio. «Si el público no reacciona, nosotros lo cargamos. Hay una forma de cargar al público para hacerle saber que está vivo, que está inmerso en la obra. Se le carga, se le aísla. Si toma una mala decisión, la dramaturgia lo abraza. Si usted decide mal, morirá con los personajes de la obra».

«El público tiene una misión» añade Natalia, «tiene algo que perder dentro de la historia. Ahí está el riesgo. Nada físico, sino moral. Su misión, su meta se puede ver afectada. Hay más adrenalina en el juego».

Y como el terror siempre es de pocos, quienes asisten a las obras de Teatro vivo están dentro de rango determinado. Mauricio explica que en Bogotá, casi todos los asistentes están entre los veinticinco y treinta y cinco años. Nota que es la generación de los juegos de video, de cuando aparece el ATARI y el Nintendo, lo que denota el éxito de su propuesta inicial, que era acercarse al tipo de historias que se viven en estas plataformas del entretenimiento. Pero hace una salvedad. «En Popayán eran más chiquitos, de doce a dieciocho años».

Para nadie es un secreto que el terror, como género fantástico, ha conquistado las mentes de los más jóvenes. Son los adolescentes quienes más consumen este tipo de historias. Natalia cree que se debe a la manera como los adultos inhiben sus impulsos. «Cuando uno es joven, quiere emoción, quiere adrenalina, quiere sentirse vivo, quiere nuevas experiencias. Yo creo que es lo que lo lleva a uno a arriesgarse. A medida que uno va creciendo, eso ya no tiene tanta importancia».

Mauricio va más allá. «Yo también lo creo porque el terror es el nuevo cantar de gesta. Toda la vida está planificada, inmersa en una rutina, y antes el riesgo lo ofrecían otros géneros: los caballeros que tenían que ir al bosque, en donde pasaban cosas extrañas, y debían rescatar a la princesa. Eso fascinaba. La teoría de la ilusión. Esa era la ilusión de la gente hace siglos. Pero ahora la ventura cuál es, si el mundo está descubierto, está a la mano con internet. Cuál es la aventura para uno. Yo creo que los adolescentes encuentran un lugar de aventura en el terror, porque como en el terror está la fantasía, ahí se pueden idear mundos. Por eso digo que la nueva épica es el terror. Es el mundo en donde el público puede ser otro, donde puede encontrar su aventura máxima y salir de la rutina y sentir. Eso le corresponde al terror».

Como fanático confeso de las historias de miedo y tras varios años de explorarlo desde la dramaturgia, Mauricio Suárez sabe que el terror es necesario en un país como Colombia, plagado de temores y conflictos. En el próximo número nos contará sobre la importancia del género en nuestro país, sobre la necesidad de explorarlo y también sobre cómo interiorizarlo y hacerlo nuestro. No se lo pierdan. 

Continúa con la segunda parte de la entrevista siguiendo este enlace.


Fotos: Teatro Vivo Colombia.

Léase a plena noche

Aquí yacen aquellas historias en las que habita la oscuridad y que solo deben ser conocidas aplena noche .

1 comentario:

  1. Es un teatro donde disfrutamos actores y público.Es un plan para aprovechar al máximo

    ResponderEliminar