sábado, 17 de octubre de 2015

La noche de todos mis miedos



Por Alejandro Torres Ocampo

Una noche de 1986, a mis nueve años, conocí el horror. Por fin, y muy a mi pesar, todo lo que poblaba la pantalla hechicera de la tele de mi casa se hizo realidad.

Mi padre era mi absoluto cómplice y aunque mi mamá siempre le reñía, veíamos juntos la televisión hasta tarde y yo rogaba cada noche por una peli de miedo, sabiendo de antemano que iba a ser otra noche en vela, otra noche de esas en la que el abrigo y el sombrero que colgaban tras la puerta de mi cuarto se iban a convertir en el eterno espectro que siempre se acercaba a mi cama, descolgándose primero de su garfio y sin levantar la cara, asechándome. Mientras, unas ganas de orinar insoportables y una taquicardia que me dejaba mudo e inmóvil me iban invadiendo poco a poco. Cuanto más próximo estaba a mí, más quería huir o gritar, pero era imposible. Solo atinaba, a unos centímetros de ser cazado por el espectro, a cerrar con fuerza los ojos y rezar para que no me matara. Me quedaba así un rato, luego abría los ojos lentamente y calculaba la penumbra; se había vuelto a poner en su lugar, me había dejado para otra noche, una en la que no pudiera cerrar los ojos.

Todo marchaba bien entonces. No dormía mejor, pues me atragantaba como otros niños noctámbulos con películas que pasaban en esa tele nuestra de apenas tres canales. Esperaba ansioso a que empezara cada martes en la noche Galería nocturna; los miércoles La dimensión desconocida; los jueves Alfred Hitchcock presenta; los viernes de Viernes 13 y los sábados de Clásicos del terror. Toda una semana de telehorror para permanecer insomne, lavado en sudor, esperando a que algo ocurriera en ese silencio opresivo cuando sabes que tus papás duermen profundamente y nadie te va a socorrer si uno de tantísimos monstruos le diera por asomar, en plena madrugada, y arroparte. Así iba mi vida de cineasta cutre de tercero elemental, hasta que uno de esos viernes gloriosos mi papá me hizo levantar de la silla para cambiar el canal y sí, aunque suene raro, fue en octubre. Di vuelta a la perilla y estaba empezando una peli que aún hoy me sobrecoge y de la que hablo con temor reverencial y pasión desmedida.

Se trataba de Halloween, la obra maestra de John Carpenter. Data de 1978 y ha sido mi eterna pesadilla de la niñez. Como crecí con la moda que allí visten sus protagonistas y en un color semejante a la realidad allí abordada, se me antojó tan real, tan macabra, que creo que, unas noches más tarde,  Michael Myers vino a mi apartamento. Suena de locos, lo sé, pero los niños no mienten.

Mi puerta siempre quedaba abierta hasta esa ocasión en la que a eso de las tres de la madrugada, desperté y empezó mi insomnio acostumbrado. La puerta no se cerraba para que el tipo que vivía allí colgado, que de día no era más que un sombrero y un abrigo, no me molestara. Pero esa estrategia solo agravó las cosas. Despierto como había quedado, de nuevo comencé a escuchar y mirar atento en las sombras. Nada. Solo silencio y oscuridad en mi habitación. Tan solo el ronroneo de la nevera y un haz de luz que venía de afuera, de las ventanas de la sala. De pronto noté algo, como un guante en el marco de la puerta, un guante de esos de mimo, blanco contra la madera oscura. Allí quedé, alerta y paralizado. Un segundo más tarde apareció otro guante. Eran un par de manos sujetas como quien se asoma. Miré fijamente mientras un hilo de orines fríos me bajaba por la piyama y de tan concentrado que estaba en mi horror, no me fijé cuánto hace que un rostro inerte y blanco como talco me miraba con interés, expectante. Cuando cruzamos la mirada quise gritar y no pude. Supe que era mi última noche y que nadie sabría cómo morí. En ese instante se encendió la luz de mi habitación y ya al borde del colapso mi padre rió estentóreamente, se quitó la máscara y me abrazó diciendo que no más películas de terror, que se dio cuenta de mi reacción a Halloween y que era lo más horrible que hubiéramos visto juntos. Cuatro días después me disfrazaron de Michael Myers, con cuchillo de cartón y papel aluminio.

Llegué a la fiesta del colegio y supe que esa peli era la mejor. El villano asusta porque nadie soporta un rostro que no reacciona, que carece de emoción. Y es justo eso lo que la distingue de todo el cine de horror. Un asesino que no tiene alma; no puedes matar algo que ya está muerto. No puedes luchar porque no sabes si le has asestado el golpe de gracia; es como dispararle a un saco de papas. Ni risa ni llanto. Además, fue mi primera visión sexual. Las escenas eróticas son preludio de la muerte. Myers detesta hasta el asco lo promiscuo y se lanza, tanático, sobre cualquier eros.

En ese entonces no lo entendía, pero otro de los logros de ese film es criticar profundamente el letargo del sueño americano; es dejar salir a la bestia que todos tenemos atrapada. Por momentos, todos somos el asesino. Nos asusta pero nos agrada. El cine slasher nació para que todo lo que odiamos sufra. Para que sepamos que aun en medio de la más grata paz del New Deal, nada detiene al mal, pues el mal es la savia que corre por el tronco podrido de occidente. Los ochenta son el amargo despertar de las anteriores utopías norteamericanas. Como dijo el poeta, «la revolución no será televisada».

Bienvenidos a la medianoche. Hoy todos los niños de ese tiempo somos ya mayores, pero si hacemos caso a la historia, uno es lo que de niño fue y esos temores infantiles son como tatuajes  y aunque hoy durmamos mejor, nada impide que creamos en esos espectros de la pantalla chica, en esa caja de sueños que fue maestra, novia y agencia de viajes al fondo del terror y la fantasía más profundos. Los ochenta no volverán porque ya todo está a la mano. Al alcance de un clic. Como el interruptor de mi cuarto. Se encendía para que mis monstruos gritaran disolviéndose en la luz de la aburrida bombilla, esa que detestaba mientras veía cine pero que adoraba, anhelante, en mis noches de insomnio.


Fotos: Halloween, 1978 Geffen Pictures.

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