RESEÑA: Darkness Falls (2003), Jonathan Liebesman



La oscuridad nunca había sido tan importante en una película. La ausencia de luz, llevada a tal extremo, es lo que salva a esta historia, novedosa pero a la vez ridícula. Podría encajarse dentro de la serie B, pero hoy en día, al ser los efectos computarizados algo tan económico, ese contraste entre la alta definición y lo chapucero de las décadas anteriores hace difícil trazar líneas divisorias.

El monstruo de turno aquí es ni más ni menos que el hada de los dientes. No la propia, por supuesto, pero sí una macabra representación, originada en un trágico suceso de aquel pueblo. Una mujer solía regalar monedas de oro a cambio de los dientes que los niños perdían. Un día su casa se incendió y ella quedó desfigurada, viéndose obligada a usar una máscara. Los pueblerinos comenzaron a marginarla, en especial cuando la culparon por la desaparición de un grupo de niños. La atraparon y expusieron su rostro para luego matarla. Los niños aparecieron al poco rato y su cuerpo fue sepultado y el terrible error se convirtió en un oscuro secreto.  Ahora vuelve a cobrar su venganza, visitando a los niños tras la caída de su último diente de leche. Kyle Walsh estuvo a punto de ser atacado por el ente cuando puso su último diente bajo la almohada, pero logró resguardarse en el baño. Su madre, sin embargo, pereció aquella noche. Años después, con una fuerte aversión a la oscuridad, Kyle debe regresar al pueblo apra combatir esta entidad que solo aparece en la oscuridad. Y no hablamos de la noche simplemente, sino de cualquier pequeño foco de negrura disponible. Permanecer en la luz es el único resguardo posible, pero como ya imaginarán, es difícil estar seguro en algo tan inestable como la luz eléctrica. Entonces la película es una desenfrenada huida de la negrura. El terror le pisa los talones a los protagonistas es todo momento y aquello es el salvavidas de esta historia. Es emocionante, estremecedora en algunos momentos, angustiante cada vez que las lámparas titilan y varios escenarios y atmósferas recuerdan viejas películas de terror situadas en pueblitos ya conocidos en los que uno, aunque dispuesto a pasar miedo, se siente cómodo. 



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