RESEÑA: The Serpent and the Rainbow (1988), Wes Craven



Después de que George Romero filmó Night of the Living Dead, otra concepción del muerto viviente pareció inconcebible. Los cines se llenaron de zombis atómicos y todavía sobreviven estos hijos putrefactos de la pandemia. Pero se están agotando. Solo la comedia ha podido refrescar este sub-género en lenta descomposición. Quizá es hora de volver a las raíces, a la magia, al carácter místico que la ciencia le arrebató al asunto de la resurrección. Abandonar ese tufo de película de acción que adquirió este tipo de cine y retornar al miedo puro. Quizás es hora de hacer algo similar a La serpiente y el arcoíris.

Wes Craven es un director sobrevalorado. Nightmare on Elm Street, The Last House of the Left y Scream son, quizá, sus únicas cintas afortunadas en ese mismo orden. Al final citaría la que nos ocupa aquí, un relato que nos adentra en los ignotos y supersticiosos terrenos haitianos. Con un leve aroma a documental, seguimos los pasos de Denis Alan, antropólogo y etnobotánico, que busca el secreto detrás de la zombificación vudú. Entre danzas, rituales y la hostilidad militar que azota la zona, descubrirá que fuerzas más poderosas gobiernan ese pequeño mundo de oscura fantasía. La muerte no es el descanso eterno.

Aunque Wes Craven peca de exageración cuando entramos en la recta final, sobrecargando la historia con tintes sobrenaturales, la mayor parte del filme es una deliciosa travesía que pretende explorar racionalmente los extraños mecanismos de la zombificación, aderezada con las virtuosas alucinaciones del protagonista.

No es una película redonda. Le faltó muy poco para que lo fuera. Sin embargo, es una bocanada de aire fresco en el ya manido mundo de los muertos vivientes.


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