RÉQUIEM: CHRISTOPHER LEE Y BETSY PALMER


Hemos perdido a dos grandes del horror. Esta es una despedida a dos rostros que protagonizaron nuestras pesadillas durante años.


Por Mauricio Vargas Herrera.

Nadie quiere ser recordado por su maldad, mucho menos ahora que el mundo va de mal en peor. Convertirse en símbolo de lo negativo, por más alegórica que resulte la representación, puede ser una ignominia. Las susceptibilidades están caldeadas. A los actores les gusta decir que les gustaría interpretar a un villano, pero es que hacer tal declaración es fácil para quienes no se han puesto en los zapatos de uno. Todo se trata de un juego. La idea es tentadora: destruir es más divertido que organizar; es sucumbir al lado oscuro de a mentiritas. Y si se tiene la fortuna de hacer el mal en la pantalla, bien puede ser saludable si de cine «serio» estamos hablando. Los actos vandálicos del personaje serán recibidos con madurez. Pero si se trata de aquel desprestigiado género del terror, hay que tenerse duro: en vez de rosas serán escupitajos de malas críticas: la metáfora de la violencia se convierte en morbo. Sin embargo, lo prohibido y vapuleado goza de un envidiable poder de atracción y entre todos los elementos que en este universo oscuro genera recordación, son los villanos los que se ganan los corazones de su pueblo.

Muchos desean darle una probada al lado oscuro, pero otros nacieron para portar el estandarte de la maldad. Dos de ellos se nos han ido en cuestión de días.

El 29 de mayo, a sus 88 años, falleció Betsy Palmer quien, por muchos años, fue un rostro conocido en la televisión. Fue anfitriona del concurso I’ve Got a Secret en los cincuenta. Además, sus papeles en telenovelas norteamericanas le habían garantizado una recordación como una mujer inofensiva, natural, una «chica buena». Pero solo bastó el deseo por comprarse un auto para que se dejara tentar por el diablo.



Betsy Palmer deseaba un «Volkswagen Scirocco». Lejos de su casa, alguien preparaba un inusual personaje para ella, quizá porque le vieron cara de madre abnegada o de loca psicópata. Sería la madre de uno de los asesinos seriales más célebres del cine. Por supuesto, aquello lo descubrió luego de que le hicieran la oferta.

Su agente la llamó para preguntarle si quería hacer una película.

—Genial», dijo Betsy—. No he hecho una película desde los sesenta.

Serían diez días de rodaje y recibiría mil dólares por día, una suma que se ajustaba al valor exacto del «Volkswagen Scirocco».

—Pero hay un detalle —añadió su agente—: es una película de terror.

La reacción fue inmediata. Hacer una barata película de miedo fue impensable. Sin embargo, quería el auto, así que pidió que le enviaran el guion.  Se titulaba Friday the 13. «¡Qué pedazo de basura! Nunca nadie verá esta cosa!», pensó cuando lo leyó. El proyecto auguraba ser algo efímero. «Así como viene, se irá y la gente la olvidará pronto. Solo serán diez minutos en la pantalla», se dijo, y decidió aceptar el trabajo. Sería la madre de Jason Voorhees, uno de los asesinos más célebres del cine y, a su vez, una asesina de adolescentes y reina imbatible del slasher. La sorpresa que el público se llevó al enterarse que la responsable de tantos asesinatos era una dulce y retorcida madre fue de antología.

Tras su breve aparición en la segunda parte de la franquicia, no volvió a participar en ninguna producción del género, ni siquiera experimentando la sensación que Pamela Voorhees había ocasionado en los fanáticos. Durante muchos años renegó de aquel papel, pero fue inevitable aceptar que aquella desquiciada mujer le había dado a Betsy Palmer la inmortalidad. Supo que se trataba de algo grande y que así como en los años posteriores, la cinta y su rostro fueron recordados, tras su muerte las cosas seguirían el mismo curso. No se equivocaba.

Suerte similar corrió el Drácula más recordado de la historia, después del interpretado por Bela Lugosi en los años treinta. Su rictus de ansia y furia, con aquellos ojos inyectados en sangre, será una de las estampas que nos quedó para siempre.

El 7 de junio, a sus 93 años, nos abandonó  Sir Christopher Lee. Su vocación hacia la maldad se evidenció durante décadas. El gusto por provocar el miedo no era solo un interés interpretativo, sino una fascinación de años tempranos. Cada esquina que quiso doblar estaba bañada en sombras. El primer papel que alguna vez interpretó fue el de Rumpelstiltskin —el duende malvado imaginado por los hermanos Grimm— en la academia de Miss Fischer. Cuando quiso inscribirse en Eton College, se encontró con M. R. James encabezando el tribunal. No lo aceptaron, pero aquel encuentro el escritor fue algo de no olvidar: Christopher Lee profesaba gran admiración por el mejor escritor de ghost stories que ha parido el viejo continente. De alguna manera, la obra de este autor le mostró a Lee el atractivo de asustar a otros y como si de un deseo se tratase, no tardó en hacerse realidad. Su éxito con la Hammer, con quien vio la gloria en cintas como The Curse of  Frankenstein, la inmortal Dracula, The Mummy, The Hound of the Baskervilles y Rsputin: the Mad Monk. A finales de los cincuenta y hasta mediados de los setenta siguió su racha fuera de la Hammer encarnando a Jekyll y Hyde, Fu Manchú y a Francisco Scaramonga haciéndole la vida imposible a James Bond en The Man with the Golden Gun. Su vida estaba ligada a varias de sus actuaciones: Christopher Lee había conocido al príncipe Félix, uno de los asesinos de Rasputín en 1916; El tío de Ian Fleming, autor de las novelas de James Bond, fue el segundo marido de su madre; incluso tuvo el palcer de conocer en persona a J. R. R. Tolkien y vean ustedes cómo terminó encarnando a Saruman en las adaptaciones dirigidas por Peter Jackson.

La deuda con los directores de las últimas décadas es grande. Mantuvieron la llama de Christipher Lee viva, justo cuando comenzaba a desvanecerse. Aunque la década de los setenta vio grandes joyas del cine de terror, no era el tipo de miedo que había hecho grande la ya enorme figura del actor británico. Lamentó que Donald Pleasence le arrebatara el rol de doctor Loomis, un papel para el que John Carpenter lo había tenido en cuenta, junto con Peter Cushing. Los ochenta y noventa vieron su declive, manteniéndose activo en asuntos alejados de su naturaleza, excepto por contadas actuaciones, como en la segunda parte de Howling y Gremlins respectivamente. Pero llegaron los hijos de su legado para devolverlo a la pantalla como se merecía. Tim Burton lo incluyó en Sleepy Hollow, Corpse Bride y Charlie and the Chocolate Factory; George Lucas lo dirigió en Star Wars;  y poco después ingresó en las filas de The Lord of the Rings hasta dejarnos su última interpretación en The Hobbit.

Que se hubiera mantenido activo hasta su último año de vida es admirable. 

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