SACANDO LA NOSTALGIA DEL CESTO DE LA BASURA



Por Alejandro Torres.

En un pasaje de la novela El dragón rojo de Thomas Harris, su ar­chivillano Hannibal Lecter escribe una carta dirigida Will Graham, detective del FBI y cazador de asesinos en serie, donde afirma que las cicatrices son la única forma de saber que el pasado fue real. Si se piensa bien, esos arañazos en la piel bien pueden ser la razón al caní­bal, aunque no son solo esas raspaduras las que pueblan nuestro cuerpo. Hay, sin lugar a dudas, unas más perdurables como marcas en el rostro y que, aunque nadie las vea, uno suele reencontrarlas en la vida cuando una imagen o un so­nido, quizá un olor, se atraviesan en la memoria. Así creo que funcionan la nostalgia y la melancolía, sensaciones hermanas que vienen con el paquete que envuelve los recuerdos de lo que no volverán físicamente pero que nues­tra memoria  se niega a echar del todo al olvido.

Abro entonces mi cajón de la me­sita de noche y, después de mucho bus­car, encuentro el tiempo perdido. Ahora esa época ha quedado atrapada en una bolsita que contiene unas lámi­nas que, entonces, a mis ojos de once años se les antojaban a un mismo tiempo pesadilla y diversión, morbo y subversión. Las he guardado con celo y son mi máquina del tiempo para volver a los años cuando la televisión, el rock en español y también esas láminas lle­nas de niños trozados, colgados, estru­jados, en general rotos hasta el asco, me fueron enseñando la maravilla de mundo en el que vivo. La gente de los ochenta siempre vuelve sobre sus pa­sos, pues esa década que hoy muchos consideran «perdida», fue para noso­tros maestra con los ojos de pantalla de tres canales, profesores como MacGiver y Mag­num, héroes con canción propia y cámaras de tortura infantil para colec­cionar en la billetera o en álbumes de panadería con láminas de a peso que nos pusieron a todos a mirar escenas de horror con una sonrisa en los labios, inocentes de que todo eso bien podría ocurrir más allá del papelito impreso que hoy me devuelve años atrás.




Fue en 1998 cuando aparecieron en Bogotá, vía contrabando y viajes de vacaciones a San Andrés, una serie de terribles dibujitos en forma de cartas coleccionables que pronto se convirtie­ron en una de las marcas indelebles de esa década llena de arte popular rechi­nante, hoy visto por muchos como producto de un tiempo de mal gusto, lleno de televisión enlatada, colorida ropa de marca, música de fácil diges­tión y películas de terror bañadas en salsa de tomate. Ningún otro momento más idóneo para la aparición de los Garbage Pail Kids, un museo de lo desagradable, arropado en dibujos adrede infantiles que fue tan famoso que llegó a estremecer los medios de comunicación y la razón establecida, al punto de ser al mismo tiempo reprodu­cidos y prohibidos, mundialmente, durante una fiebre que se extendió por casi un lustro y que hoy, más de veinte años después, son aún considerados objetos de colección. Tomando como modelo una serie de muñecas con ca­beza semejante a una cebolla —las Cabbage Patch Kids—, una empresa norteamericana especializada en cartas de colección de celebridades y deporte decidió, con un equipo creativo al mando del genio de la novela gráfica Art Spiegelman —quién imaginaría en esa vagabundería al artista de Maus, la única novela gráfica con premio Pulit­zer— parodiar al juguete de moda, convirtiéndolo en objeto de todo veja­men posible, ocultando el ardid tras una apariencia dulce e inocente. Ya bien se sabe de la crueldad como uno de los atributos de la niñez. Al diablo con esa imagen boba de los niños como gente libre de todo mal pensamiento. Todos sabemos del placer de la burla que anida en el niño que hace zancadi­lla al compañerito; del que goza como enano molestando al perro de la casa, cuando no haciendo llorar al hermano menor. Hay algo de sadismo en los niños y la gente detrás de los Garbage Pail Kids lo sabía. Por eso se vendieron tanto: porque sabían que era como po­ner una mazmorra en el bolsillo de cada niño del mundo para que dijera:

—Te cambio la de la niña que es­curren como un trapero por la del niño al que se lo traga la aspiradora.

—¡Nunca! Solo le cambio esa  si es por la del negrito náufrago que se come su propia pierna. Esa sí es buena y aguanta el cambio.

Ya se podrán imaginar el gozo y el éxito que provocaron, no sin conse­cuencias, estos personajes que hicieron del dolor un motivo de risa. La primera serie de estas laminitas salió al mer­cado en 1985 y no pasó mucho tiempo para que lograran tener demandas y protestas sobre la mesa. Primero tuvie­ron que pagar un dinero largo a la compañía de las cebollitas por el plagio y la deshonra. La prensa, primero en Estados Unidos y después en casi todo el orbe, puso el grito en el cielo ale­gando que todos seríamos luego asesi­nos y torturadores, traumados por un montón de dibujitos más truculentos pero menos ofensivos que la primera página de cualquier tabloide criminal; luego la iglesia, después las escuelas donde nadie podía portar una lámina porque lo expulsaban y para terminar, tantos padres como los míos que me recortaban de la mesada por cada dibujo que me encontraran de los dicho­sos Garbage.


El caso es que estas «basuritas», como se llamaron en Latinoamérica, tuvieron tanto auge, a pesar del veto, que a los pocos años alcanzaron quince series de láminas para un total de 1220 imágenes macabras diferentes. La rea­lidad es que resultaban casi imposibles de coleccionar, pues estamos hablando de que repetían la imagen dos veces, cambiando solo de chiste; por lo que la colección se reducía a 620 láminas que solo los más afortunados de la ciudad vieron en su totalidad. El resto nos contentábamos con unos álbumes mal impresos que uno llenaba para paliar el hambre de más violencia, de esa agre­sividad gratuita que nadie cuestiona por parecer cosa de niños.

La fiebre bajó para el año 90. Los Garbage ya no valían mención alguna. La compañía los había retirado del mercado y solo quedaron para el re­cuerdo camisetas, gorras, cuadernos, juegos electrónicos, una serie animada que nunca fue transmitida por lo asque­roso de su contenido, además de una película divertidamente pésima y un puñado de románticos que de vez en cuando quedamos lelos al ver en algún mercado de pulgas o en venta a través de internet, esas caras tronchadas y tumefactas. La caricatura perfecta del horror envuelta en papel de chocola­tina. Uno ya sabe que Estados Unidos vende hasta el miedo y que nosotros, más si somos pequeños, compramos lo que ellos nos venden. Norteamérica se inventó en los ochenta, una década del vacío y el egoísmo para la mayoría. En ese entonces no estaba yo para con­ciencias y, a decir verdad,  me parece un tiempo, por fortuna, memorable. A ratos lo extraño; anhelo su inocencia de jingle y las películas llenas de monstruos y niñas huyendo que se me hacían novedosas porque no pasaban los créditos y yo les daba mucho crédito. Del cesto de la basura del tiempo a veces rescatamos lo que nos hizo mejor el paso de los días. Por eso, aunque las posturas y accidentes impo­sibles de los Garbage Pail Kids hoy me parezcan medio bobas, son niños que aunque estén atrapados en papel haciendo de rotos, malheridos y llenos de moco, siempre que los saco del fondo de mi olvido, logran hacerme reír.