MENDOZA PARANORMAL: un vistazo a Paranormal Colombia


Previo al lanzamiento oficial de su nuevo libro, Mario Mendoza habla de sus pulsiones como escritor, su relación con los géneros fantásticos y el por qué la necesidad de cultivarlos en Colombia.

Por Juan Sebastián Ocampo y Mauro Vargas.

Para nadie es un secreto que Mario Mendoza se ha convertido en uno de los autores colombianos más leídos del país y en una voz representativa de la literatura urbana contemporánea. La pulsión por explorar la ciudad y descubrirla desde adentro, desde el otro lado, desde aquellos oscuros callejones donde habita el verdadero espíritu de la urbe, lo ha llevado a escribir historias que sorprenden por su insólita crudeza, mostrándonos las otras realidades que se viven en la marginalidad, en la periferia. Hubo un momento, sin embargo, en que decidió ir en busca de otro tipo de límites: los de la mente humana en tiempos tan vertiginosos y alienantes como los actuales. Desde entonces, la inexorable escritura de Paranormal Colombia se anunciaba.

«Yo venía coqueteando con este proyecto desde mis anteriores libros y con ciertos personajes», dice. «Es el caso de Lady Masacre, por ejemplo, en donde aparece Kaliman. Siempre hay alguien con quien yo pongo un pie en una dimensión distinta. Están en los relatos, están  también en mi saga juvenil y están de alguna manera en La importancia de morir a tiempo y en La locura de nuestro tiempo. Hay allí personajes que están en esa franja. Entonces Paranormal Colombia  se avecinaba desde atrás, se venía cocinando y ya cuando le hice la entrevista a Armando Martí, me dije: tengo que hacer un libro. Fue la primera entrevista que realicé —y que está de primera— la que me lanzó fundamentalmente al libro.»

Dicen que al adentrarse en estos terrenos de lo extraño la magia se activa y pueden suceder cosas inexplicables. Se podría pensar que la escritura de este libro pudo haber sido una invitación a vivir situaciones sobrenaturales, pero Mendoza tiene una concepción más profunda de lo paranormal. «Yo creo que escribir es, de alguna manera, una experiencia interdimensional: es estar en otro estado de consciencia, es un devenir, una mutación. Yo he sido travesti, transexual, prostituta, héroe; he sido un poco de todo mientras estoy en los personajes. El escritor es un brujo, un chamán. Es alguien que sale de sí e ingresa en otras psicologías, en otros cuerpos, y eso es una experiencia de universo paralelo y da miedo, da mucho miedo.» Mario trae a colación Midnight Cowboy, una película de 1969 protagonizada por Dustin Hoffman en el papel de Rico "Ratso" Rizzo. «Ratso es cojo de la pierna izquierda, la arrastra durante toda la película y decía alguien que varios meses después del rodaje, la esposa de Hoffman se bajó en una gasolinera y vio que su esposo cojeaba y arrastraba la pierna y su mujer le dijo “¡Ey!, ya se acabó la película” y él dijo “¡Ah, verdad!” y volvió a caminar con normalidad. Significa que, de alguna manera, el personaje todavía estaba dentro de él, dentro de su psique y dentro de su cuerpo. A nosotros, los escritores, nos pasa lo mismo. Tú terminas un libro y el personaje todavía está dentro de ti. Es como una posesión demoníaca y en los días siguientes te empiezas a librar de nuevo de esa presencia. Entonces es muy difícil, es muy duro. A veces me parece, incluso, que los libros me los dicta alguien y yo solo copio. Eso es una experiencia inquietante y desestabilizadora a nivel psíquico».



Su interés por lo fantástico no es gratuito. En repetidas ocasiones ha traído a colación a Edgar Allan Poe, maestro indiscutible del horror e inventor, especialmente, del cuento policíaco, género en el que Mendoza se ha movido desde muy temprano. «Para mí, los orígenes son, sin duda, Poe», afirma cuando le preguntan sobre la crónica roja. «Poe era necrófilo, sentía atracción por los cadáveres y siendo hipersensible al alcohol, era alcohólico —le dio un ataque de delirium tremens al final de su vida—, además de ser adicto al láudano, a los opiáceos. Un personaje con esas características ve de repente que en el obituario, en la lista de muertos de la ciudad, había una belleza, que era posible ver allí algo que revelaba los secretos más ocultos y recónditos de la condición humana. Y aparece la crónica roja, la literatura policíaca y la novela negra, que tiene que ver con la ciudad industrial. Entonces hay un nuevo ciudadano que está abocado a este nuevo tipo de ciudad y su inconsciente se mueve a una zona de penumbra bastante siniestra, bastante extraña, y acciona las pasiones bajas y ruines. Todo lo que ocultamos, prohibimos, censuramos, de pronto estalla en los celos, el deseo de dinero, los crímenes más horrendos, las tendencias más agresivas y violentas.» Mario recuerda la evolución que ha sufrido el género con el paso del tiempo y cómo se ha mudado a las ciudades de Latinoamérica: «No hay que olvidar que hay arquetipos de ciudad. En el siglo XIX era París, por eso Poe escribía los cuentos ambientados en París. Era muy europeo. A mediados del siglo XX era Nueva York y la mejor tradición de la literatura policíaca está en autores anglosajones: Dashiel Hammett, Elery Queen, Raymond Chandler, etcétera. Y en el siglo XX me parece que la crónica roja, la novela negra y la novela policíaca no están en el mundo anglosajón, pues el tiempo cambió. El arquetipo es la ciudad tercermundista: Río de Janeiro, São Paulo, Lima, Shangai, Bogotá, Ciudad de México. Hoy en día, los mejores narradores del policíaco están en el mundo latinoamericano: Paco Ignacio Taibo II, Elmer Mendoza, Rubem Fonseca en Brasil.»

Sus palabras sobre el género y su misma obra revelan la existencia de un horizonte positivo y esperanzador para estos géneros populares. La literatura fantástica, históricamente, ha crecido con ellos y aunque pareció rezagada, ahora también desea florecer en esta parte del continente. Pero siempre surge la pregunta de si es posible que suceda. Mario Mendoza también se ha cuestionado por qué en Colombia no hay una tradición de literatura fantástica o de ciencia ficción y es imposible no hablar sobre el tema sin mencionar a uno de los escasos referentes del género en el país: René Rebetez, un autor a quien Mendoza admira. «Yo iba a entrevistarlo en Providencia», declara. «Rebetez se largó a vivir a Providencia al final de su vida. Andaba en una cuatrimoto por la isla con una pañoleta y una enorme barba. Allá escribía sus libros de literatura fantástica y ciencia ficción. Yo tenía, con la revista Gatopardo, todo preparado para viajar un cinco o seis de enero a hacerle una entrevista a partir de toda su obra y su vida... y se murió. Murió en el tránsito entre el 31 y el 1 de enero. Él falleció y yo nunca me encontré con él. Me hubiera encantado haber ido a la isla y haberme quedado al lado del mar conversando con Rebetez. Nada me hubiera gustado más».

Sin duda, la trascendencia de dicho autor, aunque poco ventilada entre los lectores, es considerable. «Rebetez es uno de los escritores más sugestivos e inquietantes que uno se pueda imaginar; coqueteó con las tradiciones sufíes orientales y uno de sus cuentos fue seleccionado por Borges para una de sus antologías. Tiene un cuento que se llama “Ellos lo llaman amanecer” que es increíble, fantástico, maravilloso pero, ¿por qué Rebetez no tiene discípulos? ¿Por qué no hay una corriente de ciencia ficción colombiana poderosa que sobresalga? Yo creo que hay algunos ejemplos, pero no existe una corriente como tal y la respuesta es lo que yo digo en el prólogo de mi libro: porque creo que la guerra ha sido tan cruenta que nos ha obligado a girar en torno a ella. La guerra ha sido exagerada y tan brutal —te matan a tus amigos, te secuestran a tus parientes, te quiebran siempre a alguien que tienes cerca—, que tú no puedes obviarla o decir “voy a pensar en otra cosa”. Hemos estado satelizados por la guerra y eso  ha obligado a que el realismo sea la impronta más significativa en la literatura colombiana y yo creo que en las artes en general, en el cine y en la pintura también. Entonces yo me hago la pregunta: ¿por qué no empezar a crear la posibilidad de múltiples dimensiones creativas en el país? ¿Por qué no abrimos la puerta a la literatura fantástica colombiana? ¿Por qué no le abrimos la puerta a los que vienen a escribir ciencia ficción y empezamos a crear corrientes y movimientos distintos que escapen al realismo? ¿Qué tal si le quitamos protagonismo a los que manejan la guerra? De pronto empezamos a desarticularlos nosotros desde adentro: no les demos los titulares, no los publiquemos, no los entrevistemos, no les demos ninguna importancia, y de pronto eso puede significar estar en guerra contra la guerra. Yo creo que los imaginarios engrandecidos y ensanchados son una forma de empezar a crear una nueva época. El posconflicto puede estar relacionado con una geología de los imaginarios en Colombia, con abrir nuevas capas de éstos y dejar de pensar en los actores de la guerra, dejar de escribir sobre ellos».