EL MAL QUE NOS HABITA



Por Mauro Vargas.

Los primeros cuentos que nos estremecieron los escuchamos cuando niños. Las criaturas que aparecían en ellos permanecían acechantes en la oscuridad, afuera de las cuatro paredes que nos protegían, esperando a que desobedeciéramos las órdenes de nuestros padres para poder apresarnos entre sus garras. Se trataba de criaturas temibles, abyectas, feas, con colmillos entre los que se escurría la baba pegajosa. Eran seres de otros mundos, profundos o lejanos, diferentes a toda la raza humana. Eran los habitantes del otro lado. Ellos eran los diferentes, estaban fuera del orden y escapaban a nuestro control. Durante muchos años esa fue la concepción polarizada del bien y el mal. Decidimos que lo temible era externo a nosotros, que a pesar del miedo que nos causaba el otro, podíamos derrotarlo, pues era una minoría respecto a la especie humana, que mientras nosotros hiciéramos parte del orden todo estaría bien. La literatura nos representó al otro en seres venidos de otros planetas o del más allá, habitando las profundidades de la tierra o un lejanos castillos enclavados en las escarpadas montañas de Rumania. El mal se manifestaba con vehemencia, desnudaba su rostro para que su fealdad pudiera ser apreciada, odiada y eliminada.

Durante mucho tiempo permanecimos ciegos a la verdad.

Quizá fue la caótica modernidad del siglo veinte la que nos abrió los ojos. Esa vorágine de progreso y velocidad a la que sucumbimos, las crisis, las guerras, el hambre, el poder y la ambición, nos mostraron el verdadero rostro del mal: el nuestro. Aquella transformación tuvo que volcarse en el papel y en la pantalla. Solo veamos el cine norteamericano que tanto miedo nos ha hecho pasar: de las películas de monstruos de la Universal a comienzos de los años veinte, pasando por el boom de las películas sobre invasiones extraterrestres llegados los cincuenta, se dio paso a las historias sobre asesinos seriales en las que el mal se vestía con las mismas prendas corrientes de sus víctimas. Mientras los alienígenas representaban el miedo de los una paranoica Norteamérica hacia los soviéticos, vistos como seres monstruos externos que parecían estar a punto de adueñarse del mundo luego de lanzar su Sputnik 1, la inesperada captura del asesino Ed Gein, quien despellejaba a sus víctimas para forrar sus muebles con piel, demostró a los norteamericanos que el mal habitaba en la casa de al lado y se ocultaba tras el rostro de un amable vecino. El terror estaba buscando su semilla en el lugar equivocado y pronto los autores se dieron cuenta de eso. Entonces nació Norman Bates en Psicosis y una recua de herederos, desde Leatherface en La masacre de Texas, pasando por toda la casquería desatada en los ochenta por infinidad de asesinos enmascarados, hasta Hannibal Lecter en El silencio de los corderos. Todos ellos coincidieron en una cosa: eran la demostración de que ahora el mal residía en nuestra casa y en nuestro cuerpo y que derrotarlos iba a ser más difícil de lo que parecía años atrás, pues significaría, casi, la extinción de nuestra especie.

Todas esas criaturas a las que los hombres habían temido no eran más que ingenuas representaciones de lo que habita en cada uno de nosotros. El intento por desligarnos de uno de los ingredientes clave de la condición humana había durado, pero no para siempre. Aquel descubrimiento tardío fue el resultado de la transición de un mundo imaginario e inocente a un mundo cruel y desgarrador. El otro desapareció. Ahora tememos a nuestro semejante, pues no podemos saber qué habita detrás de su rostro. El mal asecha desde adentro. El monstruo ya no espera para que salgamos y nos aprese; ahora él decide cuándo salir y devorarnos.