La semilla del Diablo (Rosemary's Baby), de Ira Levin


No es fácil hablar de una obra maestra. Para estos tiempos, una novela como La semilla del Diablo se ha convertido en una pieza fundamental tanto de la literatura universal como de la literatura de terror de manera particular. Y resulta sorprendente que la novela sea aceptada en ambos campos de la literatura, pues escapa de toda etiqueta y género. Quizá por eso no es escalofriante ni explícita ni está llena de sustos fáciles y demás artificios del terror. Aquí se apuesta por la sutileza y la sugerencia. Es una lástima no poder gozar de este libro despojado de la fama que ha adquirido con los años dentro del género de horror, pues es inevitable entrar prevenido a sus páginas, buscando algo que quizá no encontremos, exigiéndole al libro elementos recurrentes en la literatura de terror que no tiene ni tendría por qué tener.

Una de los mayores reproches que le hago a esa novela —de la cual el autor está libre de culpa— es la desafortunada traducción de su título. Con solo leerlo ya sabemos de qué tratará la historia y en qué va a terminar. La sorpresa está arruinada antes de leer la primera línea. Sin duda saber que el hijo de Rosemary es del Diablo puede ser la base fundamental sobre la que reposa la novela. Depende casi exclusivamente de ella. A lo largo de la historia nos encontramos pistas que aluden a esta terrible revelación y que tristemente no causan el efecto que buscan porque ya sabemos para qué están allí. Pero no podemos hacer nada al respecto. Además de esta maldita traducción, la película, las trágicas leyendas que se forjaron en su rodaje y su repercusión en la cultura popular como uno de los libros clave sobre el tema del satanismo han acabado totalmente con su factor sorpresa. Por eso debo decir que condenar este libro porque el giro de tuerca al final no funciona y resulta predecible en varias ocasiones es una tremenda insolencia. Sin embargo, la novela sigue siendo valiosa en otros aspectos que quizá estos lectores ingenuos no ven o no han querido ver, cegados por su ansia de sorpresas artificiosas.

Ira Levin nos ofrece una novela absolutamente compacta y deliciosamente adictiva. Y sorprende que sea tan difícil de soltar, pues no es altamente emocionante. La sospecha, apenas insinuada, es su mayor arma para remover algo en el lector. Además, se nos describen conversaciones y hasta el más mínimo detalle de los movimientos de los protagonistas que parecerían asuntos superfluos fáciles de erradicar, acusándolos de relleno. Pero aun así, es imposible dejar de leer. Y creo que estos elementos tan insignificantes tienen una importancia considerable: reforzar la sensación de cotidianidad, de seguridad y monotonía; estos funcionan como un velo que no permite ver directamente el terror que se está gestando y permanece oculto del otro lado. Ahora, si bien las pistas que están al servicio del final sorpresa quedan desvirtuadas en su intención inicial y emocional, son capaces de sorprender de manera racional. Personalmente, me pareció muy interesante ver cómo estas piezas del rompecabezas estaban tan bien puestas. Si bien insinuarle al lector algo a través de pequeños guiños son las claves para sorprenderlo, responden a otras funciones igual de importantes. Los giros de tuerca en las historias no solo se tratan de dejar al lector con la boca abierta al descubrir lo inesperado. También funcionan  permitiendo al lector —con una generosa carga de duda— adivinar lo que pasará en las próximas páginas, generando una tensión entre estar convencido de lo que sucederá y el deseo de que no suceda. Esta tensión es la que hace avanzar al lector, ansioso por descubrir si se equivoca o no en sus conjeturas. En La semilla del Diablo, muchos pasajes cumplen esta función. No intentan revelarnos lo inesperado al final, solo se encargan de permitirnos sopesar los acontecimientos futuros y pasar las páginas, devorados por el ansia de saber si es o no lo que esperamos. Es fácil, entonces, confundir lo predecible con lo sugerente si hablamos en estos términos. Los separa una delgada línea. Creo que Ira Levin decide emplear este otro tipo de método para generar la tensión y consigue, a su vez, mantener una ambigüedad durante toda la historia, ocultándonos —así como a la protagonista— la terrible verdad que se cierne sobre ella y sosteniendo la duda de si todo a lo que Rosemary teme es real o apenas producto de su paranoia. Por eso, el asombro de La semilla del Diablo, si bien ha muerto en su estado primigenio, sigue vivo en lo más sutil de su naturaleza. No necesita del hijo del Diablo para cautivar al lector.




Claro, puede que el poder de asombro con esa novela haya sido mayor cuando la leí, pues he pecado por mi negligencia. Siendo yo un fanático de terror, ver la adaptación de Roman Polanski es algo de carácter obligatorio. Pero ahora agradezco no haberlo hecho. Creo que mantenerme alejado de la influencia de la película que, según afirman muchos, supera al libro, ha hecho de esta experiencia lectora algo más emocionante. Por eso, para quienes no hayan leído este libro y no han visto la película todavía, hagan lo posible por mantenerse alejados de ella. Les aseguro que a la hora de leerla, ustedes mismos y la novela se lo agradecerán.

Este es uno de los libros que supuso un cambio drástico en la manera como se concebía el terror pro aquel entonces. Ira Levin demostró que el miedo no era algo externo y lejano, proveniente de otros continentes, sino que podía estar a la vuelta de la esquina; no habitaba castillos en parajes retirados, sino que convivía con nosotros en un apartamento en la ciudad. Esta propuesta irrumpió en la aparente tranquilidad de la ciudad y el suburbio norteamericano y dejó abiertas al horror las puertas de todos los hogares. El miedo está en todas partes.


Levin, Ira. La semilla del Diablo; traducción de Enrique de Obregón. Barcelona, España: Círculo de lectores., 1971.

Léase a plena noche

Aquí yacen aquellas historias en las que habita la oscuridad y que solo deben ser conocidas aplena noche .

1 comentario:

  1. Este libro me gustó mucho. Las obras de Levin siempre lo hacen :-) sobre todo Los niños del Brasil. Por cierto, estoy totalmente de acuerdo con tu opinión sobre la "traducción" del título, una verdadera metedura de pata...
    Un saludo!

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