martes, 8 de abril de 2014

Los servidores del crepúsculo (The Servants of Twilight), de Dean Koontz

Los servidores del crepúsculo es una historia que se sostiene sobre el hilo de la incertidumbre. Bien puede parecer una elección premeditada de Dean Koontz, aunque se percibe más como un accidente casual a la hora de la escritura. En todo caso, funciona. La novela propone, nuevamente —y como es costumbre del autor en varios libros— dos historias que discurren de manera paralela hasta encontrarse inevitablemente en los últimos capítulos.

En una tarde apacible, Christine Scavello y su hijo de seis años, Joey, salen del supermercado. De repente, aparece una vieja loca amenazando de muerte al pequeño. Christine escapa del lugar y, preocupada por los temores que embargan a su hijo, decide contratar vigilancia privada. Acude a la agencia del detective Charlie Harrison, quien se encarga de todos los pormenores. ¿Quién es la vieja? Grace Spivey, una vidente que lidera la extraña Iglesia del crepúsculo. Ella está convencida de que el pequeño Joey es el Anticristo y está dispuesta a matarlo, pues se autoproclama como la enviada de Dios para poner fin al hijo del Diablo en la tierra. Para llevar a cabo la misión dispone de un ejército de fieles que cumplen a cabalidad sus órdenes. Entonces comienza la persecución en la cual nos involucramos durante toda la novela. Por un lado Charlie y sus agentes tratando de poner a salvo a Chritine y Joey, siguiendo una improvisada y desesperada ruta por todo el país, mientras Grace Spivey y sus secuaces les pisan los talones.

Dean Koontz nos pone, al igual que a los perseguidos de esta historia, en una situación de perpetua duda. Podemos pensar con total naturalidad que Joey es la víctima y que Grace Spivey está loca. Dean Koontz lo llega a proponer en algún momento en un aparente intento de aclarar la situación de su historia. Pero falla. No es suficientemente contundente y nos deja a merced de la otra posibilidad, más inquietante: Joey puede ser, en realidad, el Anticristo. Por lo tanto, las acciones de Grace Spivey son legítimas y debemos estar de su lado. Pero nos dejamos engañar por los estándares de belleza que siempre han definido al Bien a través de la historia, aun cuando la literatura y el cine de terror nos han enseñado que el Mal siempre se esconde tras el rostro más dulce. Bien podemos estar apoyando la salvación de las víctimas de una secta llena de lunáticos, o bien podemos estar apoyando al Anticristo en su huida.

La fortaleza de la novela radica en ese campo despojado de certezas. Jamás nos aclara nuestras sospechas. Dean Koontz juega descaradamente con el lector. Avanzamos en la lectura guiados por nuestro instinto, pero, al fin de cuentas, a ciegas. Decidimos adoptar una posición —debemos hacerlo— pero en cualquier momento podemos descubrir que es errónea, si es que llegamos a descubrirlo. Las insólitas reacciones del niño tras los ataques de la secta bien pueden ser síntomas clínicos o extraños anuncios de su naturaleza infernal. Incluso las sospechas de su madre y el investigador sobre la verdadera naturaleza del chico, al final de la novela, son absolutamente ambiguos. No hay asideros que nos reconforten, ni siquiera el acostumbrado final feliz al estilo de Koontz, que esta vez está cubierto con un velo de inquietud.


Primero se publicó bajo seudónimo.
























Dejando a un lado los altibajos que puede tener el libro, casi inherentes a su extensión, Los servidores del crepúsculo ofrece una buena lectura, que se fundamenta en una idea sobrenatural, pero que no se desarrolla explícitamente en ese terreno, y se alcanza a desviar hacia una suerte de thriller sobrenatural, como algunos han preferido definir a las historias de este escritor. Hay acción, explosiones, disparos y demás tipo de juegos pirotécnicos que tanto aman algunos. Hace recordar a una de sus obras más celebradas: Víctimas. Tiene los mimos elementos y una estructura similar: por un lado, una «familia» huyendo de algún peligro. Por el otro, el despiadado asesino de turno. Una persecución que no da respiro. Ah, y claro, el perro que no puede faltar. 

En 1991 se hizo una adaptación, dirigida por Jeffrey Obrow, con una estética bastante televisiva. No sé por qué a las películas basadas en la obra de Koontz no les va tan bien.




Dean, KoontzLos servidores del crepúsculo; traducción de Manuel Vazquez. Barcelona, España: Plaza & Janés, 1992.

2 comentarios:

  1. Tengo pendiente a este autor desde hace tiempo. No sé como todavía no le he encontrado hueco... Solo tengo que acabar de escoger el libro por el que empiezo... :-)
    Un saludo!

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    1. Si tienes a la mano "Víctimas", sería una opción estupenda para leer a Koontz por primera vez.

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