viernes, 18 de abril de 2014

Canción de cuna (Lullaby), de Diane Guest


Niños, fantasmas, una espeluznante mansión, una misteriosa y aristocrática anciana y un pasado turbio. Son estos los elementos necesarios para crear una historia básica de terror. Si bien pueden garantizar un campo seguro a la hora de escribir una historia de este tipo, también pueden convertirla en una más del montón. Hay que ser sagaz para sacar provecho de unos elementos que están tan arraigados en la literatura de terror. Algunos autores hacen cosas muy buenas con esta clase de historias, haciendo uso de estos lugares comunes, pero otros se quedan en la repetición. Canción de cuna pertenece, lastimosamente, al segundo grupo.

La historia es bastante sencilla. Judd Pauling, pintor, se ha casado por segunda vez con Rachel Daimler. Sus dos hijas de cinco y diez años, Emma y Addy, viven con su madre legítima, Nicole, muy lejos de su padre. Sin embargo, Nicole muere y las dos niñas se vienen a vivir con su padre y Rachel, a quien aceptan sin problemas. Todo parece marchar muy bien. Entonces Rachel recibe una carta. Su madre Priscilla, a punto de morir, invita a su hija a pasar una temporada en su enorme y ostentosa propiedad llamada Fin del Mundo.

Allí las cosas empiezan a ir mal desde el primer momento. Se percibe en Priscilla Daimler y en Elizabeth, hermana de Rachel, una conducta sospechosa, como si quisieran ocultarle información a Judd, quien reconoce que muchas cosas del pasado de su esposa le son desconocidas. Además, lo paranormal se manifiesta solo ante las dos pequeñas: mientras Emma escucha escalofriantes cantos infantiles que llegan con la brisa helada, Addy, mucho más vulnerable, adopta inesperadas conductas que parecen ser provocadas por una influencia sobrenatural. Y agregado a esto, la personalidad de Rachel se vuelve inestable, con repentinos e impredecibles cambios de ánimo. Todo esto es comienza a desmoronar lentamente la estabilidad emocional de la familia y la búsqueda de respuestas se hace difícil. Mientras sabemos, junto con las niñas, que lo sobrenatural erige su mano sobre Fin del Mundo, Judd se empeña en aclarar la situación desde lo racional, acudiendo al médico personal de los Daimler y a un respetado sicólogo de la zona. Obviamente, este recurso científico es fútil.

Es inevitable notar cómo Diane Guest hace uso de los clichés de este tipo de historias y los desaprovecha, no siendo capaz de atreverse a experimentar con ellos ni llevar a su historia a otro nivel. Si bien prefiere armar el misterio optando por los inesperados sentimientos de los personajes más que por lo explícitamente paranormal, no es suficiente para reivindicar su novela. La información que se le oculta a Judd Paulin y al lector es la encargada de provocar la sensación de ocultamiento y de un pasado turbio en el que posiblemente está la explicación a lo que sucede en Fin del Mundo. Esta información es la base de la historia, pero depende exclusivamente de un giro de tuerca final muy predecible. Las pistas que deja la autora en el transcurso de la historia logran develar de qué se trata el misterio mucho antes de que se nos revele. Entonces la historia se desinfla mucho antes del final. Esto ocurre porque los elementos comunes no son usados inteligentemente, sino que funcionan con la misma dinámica que otras novelas de la misma naturaleza. En el libro parece que ocurrieran muchas cosas, pero en realidad no sucede mucho. El miedo es logrado en pocos pasajes, pues la mayoría de veces se describen con artificialidad. Y el final no es muy satisfactorio que digamos.

Canción de cuna, aunque entretiene, no aspira a más. Es una novela plana, anodina, que adquiere interés mientras dure su lectura y luego prefiere quedar en el olvido, entre un montón de novelas de fantasmas y niños y mansiones escalofriantes.


Guest, Diane. Canción de cuna; traducción de Albert Solé. Barcelona, Plaza & Janés, 1995.

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