La feria de las tinieblas (Something Wicked this Way Comes), de Ray Bradbury


Una tarde de otoño, cobijada por un anaranjado inolvidable y alfombrada por un manto de hojas secas quebrándose bajo sus pies, un niño con nombre de relámpago, fanático de Lon Chaney y fascinado por la magia, fue a la feria para ver al SR. ELÉCTRICO, un mago que andaba para todo lado con una silla eléctrica y hacía parte del Hill Brothers Sideshows and Carnival. Poco rato después, se sentaron ambos a la orilla de un lago a hablar de cosas de la vida. El  niño le contó los pormenores de su universo personal y entonces el SR. ELÉCTRICO, después de escucharlo, le ordenó que viviera por siempre. Desde ese momento el pequeño decidió hacer su magia sobre el papel. Las leyes de la naturaleza iban a decidir que ese niño envejecería y moriría; el SR. ELÉCTRICO lo supo. Por eso su magia le confirió la vida eterna al chico, no en la tierra, no en la carne, sino en algo más trascendental: la palabra. El chico viviría para siempre a través de los mundos que iba a crear a lo largo de su vida. Uno de esos mundos destaca entre los demás, pues es el reflejo de muchas cosas de su niñez, de su amor por los libros, del afecto hacia su padre y de su creencia en el poder de la magia. Comenzó como un pequeño relato titulado «The Black Ferris», publicado en la revista Weird Tales y adaptado en un ejemplar de Tales From The Crypt. Más tarde volvió a trabajarlo y se extendió en una novela que se ubicó en un nicho importante dentro del género titulada Something Wicked this Way Comes y conocida en español como La feria de las tinieblas.

Estaba en deuda con esta novela desde hacía mucho tiempo porque tiene dos temas que me encantan en el horror: octubre, porque está cerca a mi festejo favorito (Halloween), y las ferias, porque son el acceso a lo desconocido tan solo pagando un boleto de entrada. Si me dicen que ambas cosas están conjugadas en una historia, tienen toda mi atención. Bradbury no solo logra escribir una novela sobre ferias y fenómenos con su característico aderezo otoñal, sino que nos hace retroceder en el tiempo hasta los mejores años de nuestra infancia. Todos, estoy seguro de eso, quisieran regresar a sus primeros años y disfrutar de toda la libertad que poseían en ese entonces, antes de que se hubieran dejado alienar por la maldita cotidianeidad y velocidad de la vida adulta. Era una época en la que el asombro estaba a la vuelta de la esquina, en la que imaginar universos fantásticos era muy sencillo, en la que, como dice Stephen King en Danza macabra, creías que las películas eran igual de aterradoras a como lo anunciaban los carteles en la entrada del teatro. Era una época en la que la televisión era mejor, en la que la comida era más grande, en la que los dulces eran más sabrosos y coloridos y lo que te rodeaba no estaba viciado ni corrompido. Nada de lo que existe ahora es tan bueno como cuando eras niño, piensas. Probablemente el mundo perfecto que recuerdas mientras cierras los ojos en la noche, tratando de escapar del tedio del presente, solo sea una idealización, ¡pero vaya si es maravilloso pasar un rato en ese mundo ideal! Era la época en la que la imaginación era poderosa y, junto con la inocencia, lograbas estar a salvo de la verdadera oscuridad que te rodeaba. Habían muchas formas de escapar a nuevos mundos: los libros, las historietas, tus juguetes y los juegos con tus amigos en el parque o la escuela.  Ahora solo quedan los recuerdos. Es un fenómeno muy extraño. Cuando eras pequeño querías saber lo que se sentía ser adulto y ahora que lo eres deseas de nuevo regresar a la niñez. Es el eterno inconformismo del ser humano.

Los tres héroes de La feria de las tinieblas encarnan toda esa vorágine de sentimientos. Jim Nightshade es el aventurero, el arriesgado, el que desea ser adulto ya. Su amigo Will Halloway es más racional, es quien equilibra la balanza y salva a Jim de las locuras que desea realizar. Ambos tienen trece años y se van a enfrentar a una feria llena de horrores que ha estado recorriendo las ciudades desde hace más de cincuenta años, robando las almas de los incautos que se acercan maravillados por sus atracciones y condenándolas a ser parte de la galería de fenómenos que en ella viven. Una de las atracciones en un tiovivo o carrusel que es capaz de hacerte más joven o más viejo con tan solo unas vueltas en él. Jim sabe que con solo montarse en él podrá hacer su sueño realidad.

Por otro lado está el papá de Will, Charles Halloway, un viejo no tan viejo que ya pasó por sus cincuenta años. Trabaja en la biblioteca de la ciudad, camina todas las noches por sus enormes pasillos y en lo más profundo de su corazón añora su juventud.

Todos ellos están irremediablemente atraídos por la feria. Se llama El pandemónium de las sombras, de Cooger y Dark.  Los dos chicos presenciaron la inesperada llegada al pueblo cuando el tren llegó gimiendo en la noche. La visitaron luego y descubrieron que algo andaba mal con el castillo de los espejos y alcanzaron a subir al carrusel antes de que sucediera el accidente con el señor Cooger. No envejecieron ellos, envejeció Cooger, que tuvo que depender de la electricidad para mantenerse vivo mientras su socio, el señor Dark, quien se hace llamar «EL HOMBRE ILUSTRADO» por los tatuajes que lleva en su piel, comenzó la persecución para darles caza a los dos chicos y convertirlos en dos atracciones más de su feria de las tinieblas, prometiéndoles ante todo cumplir sus deseo de montar en el carrusel.

La mejor defensa de los personajes es creer. Jim Nightshade y Will Halloway pueden hacerlo porque son niños, pero deben cuidarse de su capacidad de asombro. Charles Halloway es viejo y fácilmente influenciable, pero afortunadamente aún se aferra a su niñez y conserva una pizca de credulidad para poder creer todo el horror que se esconde en la feria. Sus mejores armas son la risa frente a la muerte, la mente abierta frente a lo imposible, la imaginación frente al raciocinio. Los tres deberán defenderse a como dé lugar, enfrentar cara a cara el lado oscuro de la fantasía y la diversión y luchar contra sus deseos más profundos para mantenerse con vida.

Ray Bradbury compila en su novela todo lo que de niño amó: la literatura, las bibliotecas que se convirtieron en su mundo de conocimiento y lo forjaron página tras página, su padre, representado inconscientemente en Charles Halloway, la vida en su ciudad natal. Homenajea al SR. ELÉCTRICO, que lo hechizó para fortuna de todos nosotros, y al gran Lon Chaney, el hombre de las mil caras, representado en las criaturas que hacen parte del Pandemónium de Cooger y Dark.

No importa si la historia transcurre en Norteamérica y está poblada de elementos culturales exclusivos de allá. Todo eso podemos tomarlo como una representación de algo más profundo que nos toca a todos y es el anhelo de regresar a la niñez. En muchos pasajes nos recuerda cómo podíamos sorprendernos por las cosas más simples del mundo.Uno de ellos es este, cuando ambos encontraron el volante promocional de la feria:

El papel se estremecía como un parche de tambor.

—¡LLEGA EL VEINTICUATRO DE OCTUBRE!

—¡La feria!

—¡Veinticuatro de octubre! ¡Mañana!

—No puede ser —dijo Will—. No hay ferias en esta época del año.

—¡A quién le importa! ¡Mil y una maravillas! ¡Oye! ¡MEFISTÓFELES, EL BEBEDOR DE LAVA! ¡EL HOMBRE ELÉCTRICO! ¿EL MONSTRUO MONTGOLFIER?

—Un globo —dijo Will—. Un Montgolfier es un globo.

—¡MADEMOISELLE TAROT! —leyó Jim—. ¡EL HOMBRE COLGANTE! ¡EL DEMONIO GUILLOTINA! ¡EL HOMBRE ILUSTRADO! ¡Eh!

—Un pobre viejo tatuado.

—No. —Jim echó el aliento cálido sobre el papel—. Está ilustrado. Es algo especial. ¡Mira! ¡Cubierto de monstruos! Un zoológico. ¡Mira, EL ESQUELETO! ¿No es  estupendo, Will? No el hombre flaco, no, ¡EL ESQUELETO! ¡Oye! ¡LA BRUJA DEL POLVO! ¿Qué es una bruja del polvo, Will?

—Una vieja gitana sucia.

—No. —Jim entornó los ojos, viendo cosas—. Una gitana que nació del polvo, creció en el polvo y volverá al polvo. Aquí hay más: ¡EL LABERINTO EGIPCIO DE LOS ESPEJOS! ¡VÉASE DIES MIL VECES! ¡EL TEMPLO DE LAS TENTACIONES DE SAN ANTONIO!

—LA MUJER MÁS —leyó Will.

—HERMOSA DEL MUNDO —terminó Jim.

Se miraron.

—¿Una feria puede tener la mujer más hermosa del mundo, Will?

—¿Alguna vez viste a las mujeres de la feria, Jim?

—Parecen osos pardos. Pero  como este volante dice…

—¡Oh, cállate!

—¿Te enojaste conmigo, Will?

—No, es que… ¡sujétalo!

—El viento les había quitado  el papel de las manos.

El volante giró por encima de los árboles, hizo una tonta cabriola y desapareció.

De niños podíamos encontrar la magia en lo claramente trivial, porque creíamos en las palabras coloridas y encerradas entre signos de admiración. Una galería de lo abyecto como la que nos presenta Bradbury es la mejor manera de ver en carne propia lo que parecen puras mentiras. Una feria es el acceso a lo prohibido, todo decorado con brillantes y cálidas bombillas en medio de la noche, con escenarios de madera en la que los seres de pesadilla muestran sus trucos y nos prueban que aquello puede suceder.

La novela comienza con un prólogo maravilloso y profético. Desde el inicio notamos por qué Bradbury es un narrador incomparable. La llegada de la feria es como una tormenta que se aproxima. Bradbury va construyendo una atmósfera inquietante, amenazante, anunciando la llegada clandestina del horror a la ciudad, como si presentara una por una las piezas de un enorme rompecabezas: se oyen los truenos a lo lejos, se percibe en el aire el olor a algodón de azúcar, el viento silba junto con los lamentos de la negra locomotora que se aproxima, extrañas siluetas recorren las calles pegando volantes, y solo quienes permanecen despiertos en esas horas eternas y lóbregas saben que se acerca algo singular. Tres de estos noctámbulos son Jim, Will y Charles Halloway. Los dos chicos escapados de sus casas, aventurándose por la ciudad dormida. Charles trabajando y hablándole a los pasillos vacíos de la biblioteca y a los viejos libros que acumulan polvo en las estanterías. Ellos tres sienten en su corazón que sus vidas van a dar un giro inesperado y extraño.

La sinopsis anuncia que la historia trata de cómo los dos chicos descubren que montándose en el carrusel pueden envejecer y rejuvenecer a su antojo. Eso es engañoso. La historia trata de muchas cosas más. Lo que anuncia la sinopsis de esta edición de Minotauro trivializa la historia ¿saben? Me imaginé muchas cosas antes de leerla y no me topé con ninguna coincidencia. Es una lectura muy diferente. Tiene un lenguaje muy poético, aunque en ocasiones llega a volverse tedioso, raya en lo florido y algunas veces parece pura palabrería bonita sin sentido. Es como cuando escribes un poema sin tener ni idea de poesía y descubres que escribiste unas metáforas e imágenes que dices «¡wow, que bello!», pero que al momento de la verdad no son sino palabrería cursi sin ningún sentido, simbolismo o alegoría. Bradbury peca en eso en varias páginas. Sin embargo, es el mayor y único reparo que le pongo a esta novela.

Tengo el libro entre mis libros de terror, lo reseño en este blog dedicado al terror, pero fácilmente escapa a una etiqueta como esa. La feria de las tinieblas es fantasía oscura y más. Aquí no te asustas y ya. Aquí se homenajea el pasado, esos tiempos que fueron mejores. Aquí se alude a la amistad, al corazón, a la imaginación. Aquí descubres que esa nostalgia que a veces te invade es universal. 


Bradbury, Ray. La feria de las tinieblas; traducción de Joaquín Valdivieso. Barcelona, España: Editorial Minotauro, 2002.
 

Léase a plena noche

Aquí yacen aquellas historias en las que habita la oscuridad y que solo deben ser conocidas aplena noche .

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