El sueño de los resucitados (Resurrection Dreams), de Richard Laymon


¡Al fin! Algo del famoso, vapuleado, querido y odiado, criticado autor de culto Richard Laymon, el «Stephen King sin conciencia», el escritor ese que es súper descriptivo en lo que sangre, tripas y violencia se trata, el que tiene un estilo de mal escritor a propósito, el de las historias que sobrepasan los límites de la cordura, en fin. Es imposible no tejer un mito alrededor de un sujeto tan curioso. Si en Estados Unidos sus libros, aún en reimpresión constante, ha merecido un cardumen de lectores a pesar de estar muerto, ¿cómo no va a suceder tal interés entre muchos lectores hispanohablantes, sabiendo que en ésta época es tan difícil hacerse con un libro de él? Ya sus libros no se imprimen. Por ahí andan circulando un par de títulos nuevos que tradujeron. Quienes nos trajeron sus novelas hace unos buenos años fueron la magistral editorial Martínez Roca, dentro de su colección Super Terror, y Grijalbo.

Tenía una enorme curiosidad por leer una novela de este autor. Lo único que había conocido de él, rebuscando desesperadamente en la internet, fueron unos consejos para escribir en la Horror Writers Association y una entrevista en un viejo ejemplar de la revista Fangoria que había descargado. Una manera bastante insólita de leer por primera vez a un autor. Es empezar por la cola. Pero finalmente, gracias a mi amigo librero Alejandro Torres, que logró hallar en Argentina este libro editado por Grijalbo, pude entrar en la narrativa de Laymon.

La historia comienza con un accidente. Steve Kraft y su novia Darlene, la típica porrista de la escuela deseada por todos, se estrellan en la carretera. Mientras Steve está incinerándose como una brocheta en su auto, Darlene ha salido disparada por el parabrisas y está en el borde del puente, sin cabeza. Días después, la vida en la escuela transcurre normalmente. Ahí conocemos a los protagonistas de esta historia. Tenemos a Vicki Chandler, a su amiga fanfarrona Alice «Ace» Mason y a Melvin Dobbs, el típico chico raro de la escuela, ese al que nadie le habla y todos vapulean.

Se acerca la Feria de la Ciencia en Ellsworth y todos los estudiantes van a presentar sus proyectos a fin de año. Vicki expone la disección de una rata. Su amiga hace una aburrida muestra de pan con moho. Pero el proyecto de Melvin es todo un secreto y una aberrante sensación: trata de revivir a la porrista accidentada con una batería de auto frente a todo el público.

Años después, Vicky regresa a Ellsworth para ejercer la medicina en un centro médico local. Su amiga Ace, quien administra una tienda deportiva, la recibe en su casa. Todo parece normal, excepto por el inevitable encuentro que Vicki tiene con Melvin. Tras haber permanecido encerrado en un manicomio desde el día de su horrible broma en la Feria de la Ciencia, el chico raro trabaja en la gasolinera donde ella entra. Vicki no puede evitar sentirse intimidada frente a Melvin al recordar su locura ese día, pero cuando conversa brevemente con él, lo hace amablemente. Sin embargo, solo esa muestra de amabilidad será suficiente para que Melvin se obsesione con ella y desate toda una ola de muerte en Ellsworth solo para intentar tenerla como su novia. Melvin tiene sus métodos particulares. Se ha dedicado a estudiar la resurrección de los muertos a través de la magia negra. La presencia de Vicki solo sirve para que se empeñe en encontrar la manera de regresar los cuerpos de sus víctimas a la vida y no demora mucho en conseguirlo. Melvin se convierte en una sádica, torpe y vulgar versión de Víctor Frankenstein luchando por el amor imposible de Vicki, sin importar cuánta sangre deba derramar.

Esta novela tiene muchas similitudes con Amiga mortal en cuanto a temática, solo que Laymon es mucho más agresivo que Diana Henstell. Es una historia que bebe, nuevamente, de la obra maestra de Mary Shelley y coquetea con el subgénero de los zombis. Pero no es mayormente original. Nos encontramos con muchos clichés que, aunque no entorpecen la lectura, sí te hacen pensar «Oh, vamos, esto ya lo conozco de memoria». Tenemos al rechazado, al raro, al tonto con un nombre bastante tonto también: Melvin Dobbs (que suena como «duuuhhhh») y sus aberraciones. Es aquel tipo que mira disimuladamente el escote de sus compañeras, que se masturba todas las noches pensando en ellas, que lee revistas porno en la intimidad de la gasolinera. Ese tipo que si le ofreces un poco de amistad se obsesiona contigo. Esa es una de las grandes moralejas de esta novela: al tipo raro trátalo mal como todos; de lo contrario será tu peor pesadilla.  La gasolinera es otro de los eternos escenarios del horror contemporáneo: los que trabajan en esos establecimientos siempre son raros, allí se mata en el baño sucio de la parte trasera; es el refugio del viajero desprevenido en mitad de la noche, es donde te dañan el vehículo para que te vares más adelante y así puedan matarte. El cine y la literatura han utilizado este escenario millones de veces. Aunque no lo veo mucho como un cliché. Pienso que se puede hablar de cliché en términos de historia, de situaciones, de reacciones, de soluciones, finales, diálogos, etc., pero no de lugares, porque si un lugar aparece mucho en las historias es porque existen en la vida real, ¿no? Si funciona, ¡adelante!, ubica a tus personajes en esa gasolinera o restaurante para camioneros para que mueran. ¡Sé un hijo de puta! Podemos decir, más bien, que esta novela es un reencuentro con la famosa «gasolinera del terror». Y hay otro cliché súper importante: el policía grosero, ese que está retirado, gordo, desaliñado, al que casi todos odian y además es morboso con las jovencitas.

La historia tiene un buen ritmo. Laymon logra mantener nuestra atención durante gran parte de la historia, ya sea porque tiene una prosa que no da respiro o porque su escritura es muy simple. Va a lo que va, sin rodeos. Y yo creo que no puede darse el lujo de hacer lo contrario. Estamos tratando con un tema que es totalmente descabellado. Si quiere convencernos de lo que Melvin hace con sus víctimas, no debe dar cabida a la duda. ¡Sigue, sigue leyendo que lo que te cuento es verdad! Laymon lo logra, aunque uno como lector, desde un inicio, sabe que deberá dar muchas cosas por sentadas y estar dispuesto a creer. Te encuentras con asuntos bastante apresurados, como la forma en que Melvin encuentra la forma de resucitar a los muertos o la manera como él se enamora perdidamente de Vicki, a la vez de cómo Vicki se enamora de un sujeto que aparece más adelante. También debes tener sentido del humor cuando Melvin interactúa con sus muertos revividos.

Si bien Richard Laymon tiene un ritmo muy ágil, hacia el final se empieza a volver molesto. Ninguna historia puede tener éxito si está construida a base de puros nudos, o clímax, unos tras otros sin parar, pues se vuelve agobiante. Terminas sin aliento. Con este libro sucede en los capítulos finales. Toma un vuelo y una velocidad que ni te imaginas; sucede algo, luego otra cosa, y luego otra y otra y otra, poniendo una serie de obstáculos a los personajes y postergándolo el desenlace hasta un punto innecesario que te hace pensar «¡Maldita sea, cuándo te vas a terminar!». Ya las escenas explícitas no te producen sensación alguna porque hastían al sucederse una tras otra sin parar. A mí me fastidió en determinado momento. Sentí la imperiosa necesidad de acabar el libro de una vez por todas.

Ridículo algunas veces, sangriento en otras, y con algo de patetismo, El sueño de los resucitados (traducción rara esta, porque los resucitados de la historia nunca sueñan) es un divertimento absoluto al que no se le puede pedir mucho. Me devoré el libro en cuatro noches, a la luz de una cálida lámpara. Como leí en un comentario en la ficha del libro en La Tercera Fundación, los críticos literarios deben abstenerse. Esta novela es una opción válida para entretenerte con una historia serie-B escrita en serio. Sin embargo, siento en el fondo de mis vísceras que no es el Laymon que se ha vuelto tan popular entre los lectores. Muchos opinan que esta novela no llega a los niveles reales que maneja Laymon en otras obras como Sangre en el bosque o Apagadas están las luces. Solo sé que deseo leer mucho más de este escritor.

Laymon, Richard. El sueño de los resucitados; traducción de María Antonia Menini. Madrid, España: Editorial Grijalbo, 1995.

Léase a plena noche

Aquí yacen aquellas historias en las que habita la oscuridad y que solo deben ser conocidas aplena noche .

2 comentarios:

  1. me gusta muchísimo tu página. Venía buscando la reseña de Watchers y me ha encantado todo lo que he encontrado. ¡Buen trabajo!

    ResponderEliminar