Amiga Mortal (Friend), de Diana Henstell


Lo que tenemos aquí es un entretenido pastiche de terror ochentero, que podría catalogarse como novela serie B, si es que algo así existe en este mundo. Diana Henstell revisita la historia de Frankenstein, toma los elementos más relevantes y la transforma en una novela de terror adolescente con un puñado de lugares comunes y otro puñado de lugares insólitos, los mezcla con una prosa llevadera y resulta Amiga mortal.

Paul Conway y su madre Jeannie Conway, luego de superar el hecho de que el padre de la familia, Tony, se fuera con otra mujer, se mudan a Welling en donde esperan vivir tranquilos y empezar de nuevo, a pesar de que la mudanza represente ciertos inconvenientes para Paul, como adaptarse a una escuela normal, pues viene de un lugar en el que compartía con chicos tan excepcionales como él. Pero, a pesar de los inconvenientes, parece surgir un rayo de optimismo cuando conoce a su vecina, Samantha Pringle, una linda chica de once años. Con ella experimenta los primeros sentimientos amorosos que las fórmulas y teorías han eclipsado, y empieza a ver la vida de otra manera. Ella, de modo alguno, se convierte en el aliciente para soportar esta nueva vida que ha representado un retroceso para Paul. Sin embargo, Samantha Pringle no puede compartir esa dicha porque su vida está rodeada de sufrimientos y violencia. Paul deseará poder ayudar a Samantha con sus tristezas, pero sólo podrá hacer algo al respecto cuando sea demasiado tarde, cuando ya esté embarcado en una pesadilla sin marcha atrás.

En Amiga mortal nos encontramos con varios elementos que los amantes del terror ya hemos conocido a través del cine y la literatura, entre los que destacan los protagonistas adolescentes que comienzan a experimentar toda una vorágine de sentimientos y que los llevan a cometer errores que luego se convertirán en el horror. Son elementos con los que ya estamos familiarizados desde siempre y son aceptados automáticamente. Vamos, son lugares que se han vuelto universales y siempre es bueno revisitarlos: que el jefe de policía, que la escuela y los compañeros, que el pueblo perfecto en el que nunca ha sucedido nada… hasta ahora, que la vecina desagradable y chiflada, en fin. Pero hay otros aspectos que resultan más llamativos e interesantes.


La idea de la novela es algo absurda y da pie a una historia que propone muchas situaciones inverosímiles, pero que a la final resulta entretenida de leer. Quizá la mayor contribución la hacen los personajes, que poseen características bastante peculiares. Tenemos a el protagonista, Paul Conway, al que llaman Piggy porque es un chico regordete y, además de eso, sabelotodo. Todos le llaman así, ¡incluso su madre! Y con su vasto conocimiento de las ciencias, todo lo anda cuestionando y le cuesta aceptar que nadie en su entorno es igual a él, no logra comprender las emociones humanas y, si por él fuera, rediseñaría el mundo y todos hablarían con números. Su madre nunca logra comprender sobre lo que habla, fórmulas, teorías, términos, pero trata de aceptarlo como es. El chico anda para arriba y para abajo con un robot bastante inteligente que construyó llamado Bip-Bip. Viene de una escuela para niños genios, en el que ocasionó un tremendo accidente en el laboratorio, y ahora debe enfrentarse a una escuela común, en donde todos lo ven con curiosidad al caminar por los corredores junto con su robot. Entonces tenemos a un excéntrico protagonista de no más de quince años que ha superado a la ciencia construyendo un robot autosuficiente que lo acompaña a todo lado, con un revoltijo de sentimientos en su interior y una seria incapacidad por relacionarse con otros, excepto por Samantha y Slime.

Slime es el chico que se encarga de mostrarle la escuela a Piggy el primer día y con el que entablan amistad. Su verdadero nombre de Tomy Toomy y le dicen Slime porque su padre es el enterrador del pueblo, aunque le guste afirmar que es el director de la funeraria, lo que les parece gracioso a los demás estudiantes de la escuela. Vamos, otro chico raro.

Samantha es la vecina de Piggy, una chica hermosa, de cabello rubio y sonrisa perfecta, pero que debe soportar una vida terrible porque su padre, Harry Pringle, es un borrachín hijo de puta. Su madre los abandonó y ahora ella es la que debe atenderlo, aguantando las brutales golpizas que siempre le propina. Sin embargo, cuando llegan los Conway, los visita constantemente, anhelando el estilo de vida de esa familia y disfrutando del cariño que su padre jamás le dará.

Y finalmente tenemos a la madre de Piggy, Jeannie Conway, quien se acaba de separar se su esposo Tony y ahora, como nueva profesora de inglés de la escuela, debe criar a Piggy ella sola y enfrentarse a las desconcertantes situaciones que se desarrollarán a lo largo de la historia.

Las relaciones que se entablan entre los protagonistas (sin mencionar a Harry Pringle y a Elvira Williams, la odiosa vecina, que vendrían siendo los arquetipos) son bastante entretenidas. Siempre está sucediendo algo con ellos y eso le aporta bastante dinamismo a la historia.

Diana Henstell tiene una obsesión con varias imágenes que aparecen frecuentemente en su narración, como «la cinta transportadora», un símil recurrente cuando alguno de los protagonistas está corriendo por la calle y parece que no avanzara, como en las pesadillas, y otro que me resulta más atractivo: el vómito. En varias situaciones vemos a los personajes reaccionar ante algunas situaciones con el vómito. Esto me abrió las puertas a una posible interpretación, que puede resultar tanto válida para algunos, como descabellada para otros: es como si los personajes tuvieran la imperiosa necesidad de desintoxicarse de tantas preocupaciones, horrores, dolor y recuerdos que llevan en su interior, y ante situaciones de tensión, sus cuerpos reaccionan de inmediato con el vómito, a modo de protesta.

La sinopsis del libro dice «¿Será capaz la ciencia de cambiar el devenir de la vida? ¿Podrán las máquinas sustituir a la mente humana?» Obviamente Diana Henstell jamás propone ni pretende resolver estas cuestiones, y tampoco plantear dilemas morales sobre la condición humana más allá de lo necesario para crear una historia de terror adolescente sin más pretensiones que entretener.




Wes Craven llevó la historia al cine en 1986, con una hermosa y joven Kristy Swanson, pero el resultado es malísimo. La historia se desvía totalmente de la original y se vuelve ridícula, en especial el papel de Samantha, que me dio algo de ternura, pero también risa. Aunque la película goza del cariño de muchos seguidores, según lo que he leído en internet, la película fue destrozada por la crítica con toda razón: la versión de Wes Craven es mala, sobre todo cuando ya has leído la novela. Los personajes que construye Diana Henstell son más interesantes, más complejos y más cautivantes, no así como sucede con los de la película, que simplemente están puestos ahí para cumplir un rol. El Paul Conway de la película, interpretado por Matthew Laborteaux, no es ni parecido al de la novela: en vez de ser un gordito sabelotodo con problemas para socializar y dilemas morales, es un tipo grande y bien parecido, cai perfecto ¡que da clases en la escuela!; Slime, totalmente desdibujado, ya no es el raro hijo del enterrador del pueblo, sino el eterno, aburrido y tonto repartidor de periódicos. Los únicos que salen bien librados son el entrañable Bip-Bip, con un estupendo diseño, y la hermosísima Kristy Swanson, de la que solo rescato la expresión de tirsteza que siempre lleva y que me conmovió, porque el papel que debe interpretar es penoso. Bah, es una adaptación floja y muy alejada de la fuente original. Pienso que ver la película antes o después de leer el libro no altera en nada la experiencia, eso sí, siendo consciente de que la historia de Diana Henstell supera con creces la versión cinematográfica, con personajes mejor construidos, con situaciones más intrigantes y con una buena dosis de violencia y repulsión.

Amiga mortal es una de aquellas historias que me hubiera gustado encontrarme varios años atrás, pero me parece que cualquier lector puede sacarle algo de provecho. Yo la leí y estuvo bien. Para pasar un buen rato es una alternativa recomendable. Aunque la historia resulta ingenua, bizarra y descabellada en algunos puntos, si pueden aceptar estos elementos, resulta ser una lectura agradable, para nada aburridora, y eso se agradece. Diana Henstell ofrece una buena prosa, bastante fluida y que hace que el tiempo de pase volando. Yo la devoré en siete días y me divertí mucho, aunque probablemente la olvide en poco tiempo.


Henstell, Diana. Amiga mortal; traducción de Miquel J. Portillo. Madrid, España: Editorial Ágata, 1997.

Comentarios

  1. ¡Y tanto que existe la novela de serie B! Y que la conserven por muchos años en toda su ingenuidad y sus demenciales argumentos.

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